domingo, 18 de febrero de 2018

Horacio Warpola

Imagen de My Space
La podredumbre de la materia está repleta de cuerpos.
Horacio Lozano (2013: 27)

Horacio Warpola (Atizapán de Zaragoza, Estado de México, 1982) es autor de la escritura expandida de Lago Corea (Gobierno del Estado de Querétaro / Herring Publishers México, 2011), Física de camaleones (Fondo Editorial de Querétaro, 2013), METADRONES (Centro de Cultura Digital, 2015), Triste suerte de los peces voladores (DaSubstanz-GoldRain-NewHive, 2015), Gestas (Ediciones El Humo, 2015), 300 versos para la construcción de un protocyborg orgánico (Ediciones Neutrinos - Argentina, 2016); libros disponibles en el Archivo de Poesía Mexa.

            El poeta que vive en Querétaro aparece en la revista El Humo, en Electrodependiente, en Cráneo de Pangea o en El Teatro; además, podemos seguirlo en Tumblr, Twitter o en una web que parece que ya no funciona. Nadia Contreras lo entrevistó para Bitácora de vuelos. La experimentalidad de la escritura computacional que veíamos con Eugenio Tisselli logra solidez y sentido con Warpola: «El futuro ideal sería que la máquina se revele e invente su propio lenguaje y con eso haga literatura».

            Lago Corea (2011) está editado por Gerardo Arana; quien, según el autor, primero creyó en su obra. En poemas breves y sin título narra un suceso extraordinario: el amor por una «presencia desconocida» (15); la única «persona» que acompaña esta distopía. Lago Corea es el nombre que aparece bajo una fotografía. El espacio y el tiempo se recrean mediante una aparente anamnesis. Madrid une, pues, la experiencia del autor con un sujeto lírico que flirtea con el yo y hasta con el . Sin ser un poema visual, juega con la disposición del texto. Por ejemplo, reivindica la descapitalización poniendo «somos del centro» en la parte inferior derecha de una página que podría marcar la edad en la que sintió esa des-ubicación: parodia de la muerte vista a través de una pantalla o una imagen desmarcada.
Física de camaleones (2013) viene firmado por el nombre de pila de Warpola, Horacio Lozano. Sin embargo, como los reptiles, el yo se adapta a las fuerzas del entorno, del espacio, del cuerpo que habitamos. Ahora sí hay títulos en los poemas, igualmente breves, autónomos, pero con un hilo conductor que se detiene en cuatro fases: «Animales invisibles», «Física de camaleoness»[1], «Archipiélago» y «Hertzio». La pasividad de quienes nos rodean nos hace sentir ausentes y nos replantea la existencia, así como la creencia en un híbrido que recupere al famoso monstruo del lago Ness. En este libro los epígrafes dan pie a una transmigración de lo poético. La idea del poema como isla que plantea José Emilio Pacheco y estudia Carmen Alemany arriba al sentimiento menesteroso y suicida de Ramón Martínez Ocaranza. En prosa convergen las fuerzas del agua en contacto con la tierra. La primera es rito de paso y engloba el todo que le dedica al ya fallecido Gerardo Arana. La unidad para medir las ondas conecta el espacio con el tiempo. El sujeto lírico se enmascara, como no veíamos con Inti García Santamaría, para salir airoso de esta tarea que es la existencia.

METADRONES (2015), de la misma manera que el poemario computacional El drama del lavaplatos (2010) de Tisselli, viene prologado por Vicente Luis Mora: «humaniza, o animaliza, o espectraliza estos aviones no tripulados» (4). Los gifs de drones son de Canek Zapata; en ellos se observa la tierra desde el cielo con «vuelos militares», «vuelos recreativos» y «vuelos circulares». El poemario de Warpola viene ahora con el nombre de Horacio López (4). ¿Son erratas o ambigüedades? Como leímos con Daniela Sol, distintas noticias (que al final enlazan a Google) absurdas, trágicas y apocalípticas para el ser humano sugieren la narrativa del «superhistoriador» (a la manera de Gómez de la Serna) que cuenta lo dicho e inventa lo que pudo o podrá ocurrir. Por ejemplo, el poema titulado «México es potencia de la industria de drones» ofrece en tres versos la parte con que empieza el artículo homónimo de un pseudónimo que podría adoptar el poeta, Alberto Bustillos: «Quizás esto los sorprenderá / pero se rumora que el primer dron / voló durante la Revolución mexicana» (24). El aire es el elemento natural que protagoniza un libro digital a punto de abrir fuego.
Triste suerte de los peces voladores (2015) repiensa una vez más la humanidad digital como vértice fugaz y fogoso entre el cielo y la tierra y el agua. La antipoesía de la serie de ilustraciones que componen este «poemario» niegan la lírica a través del catálogo de la exposición homónima que podía visitarse en Querétaro a finales de 2015. También se parodia la fe, las fronteras, el amor o los likes (no en ese orden). El colofón presenta las formas de pago para el objeto artístico a través de la galería Da Substanz. Una publicación como esta puede pasar perfectamente por poesía experimental.

Gestas (2015) mantiene una vez más la estructura tripartita. En esta ocasión con «buen ladrón», «ladrones flexionados» y «mal ladrón». Al combinar los temas de la religión y los robos parece un canto a las hazañas abstractas que protagonizan las creencias tradicionales en oposición, de nuevo, a la revolución digital. Lo más atractivo es que tal filosofía parte de escenas cotidianas que se cuentan con un lenguaje coloquial. Ciertos motivos (pensamos en las estrellas que formaban el archipiélago celeste) se recuperan en el inventario de la cultura popular, nexo que inspira la madurez de la poesía mexicana que consolida Karen Villeda. El sujeto lírico se desdobla de manera infinita y desemboca en anáforas rítmicas que enriquecen la lectura en voz alta, la escritura expandida o la performance (véase Slam Poético Queretano). Lo onírico conecta con la transmigración de las almas de Gerardo. En la segunda parte de Gestas se define lo que es México desde abajo, con una profunda crítica social. Por último, «roba» referencias literarias o musicales para reescribir, pongamos por caso, «Mi País, Gimme tha power, Oh mi País! / (Remix libre de ¡Mi País, Oh mi País! de Efraín Huerta y Gimme tha power de Molotov)» (39); así como el famoso «Walking around» de Pablo Neruda en «Texting around» (44), (di)versión que también cultivaron Efraín Huerta o Leticia Luna.

300 versos para la construcción de un protocyborg orgánico (2016) es, literalmente, una serie de versos sobre el verso que repiensan las diversas versiones con las que conversa la poesía; a la manera del proyecto que, veremos, lleva a cabo el mismo autor en Twitter (¿como tuiteratura?). La técnica es similar a la que Heriberto Yépez planteaba en su libro Por una poética antes del paleolítico y después de la propaganda. Destaca la asociación y el progreso que va generando Warpola:

32. Este verso, en algún momento, estuvo separado.

33. Este verso posee la memoria de miles de aventuras combinadas.

34. Este verso decidió pasar por una serie de encarnaciones, pues así, y sólo así, puede avanzar (10).

  
El editor de Gus Ultramar es un artista que elige la poesía para expresar lo que en algún momento hemos intentado pensar. Ahora nos lo dice con ingenio, concisión, ironía, claridad, irreverencia y una constante reflexión sobre la poesía, como arte poética, en La_poesía_es_bot. Su obra va construyendo un ser autónomo que sostiene una sólida y múltiple voz lírica. Síganlo. La poesía, felizmente, ha perdido su forma.




[1] Así aparece en el índice el nombre de la segunda parte; sin embargo, en el poemario acaba en una sola ese y se pierde o deja de sugerirse el sentido monstruoso o ficcional.

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