domingo, 26 de septiembre de 2021

Juan Antonio Alfaro

 

Juan Antonio Alfaro (San Luis Potosí, 1991) se incorpora al archivo de Poesía Mexa con su libro (cápsulas, venados) (Instituto Cultural de Aguascalientes, 2019): un estimulante ejercicio de diálogo y unión de múltiples referencias por el que recibió el Premio Nacional de Literatura Joven Salvador Gallardo Dávalos 2018.





            El jurado de este importante reconocimiento estuvo integrado por Myriam Moscona, Ricardo Esquer y Javier Acosta, cuya obra Alfaro reseñó en FILHA. Las palabras introductorias, de Daniel Bencomo, destacan el homenaje que el potosino le brinda (especialmente en la última de las cinco partes, a modo de epílogo) a otro poeta, ya fallecido, Luis Alberto Arellano. En este sentido: «emite hacia Arellano y le remite, a manera de correspondencia, mensajes en código de detritos visuales y de tinnitus; una constelación de resonancias y movimientos rituales que, desde una posición enunciativa compleja y dinámica, plantea la escritura como un evento de caza» (7). Además, destaca los nexos que establece con poéticas como la de Sergio Ernesto Ríos o Diana Garza Islas.

            Antes de las notas de las que bebe dicho libro, cinco partes estructuran su ópera prima: «Correspondencia», «Trabajo de campo», «Correspondencia», «Fogaraté, konch, atmagupta» y «Caja de resonancia». A continuación de la referencia a Michel de Certeau de Bencomo y de Emily Dickinson, sobre el acto de leer (y escribir) y cazar, la correspondencia (entendemos, según las líneas introductorias) dirigida a Arellano (y a las diversas voces que conforman la obra) arranca con una prosa en la que la sintaxis, formada por breves oraciones (muchas de ellas, yuxtapuestas) se atropella cual venados que atrapar.

            En el «Trabajo de campo», se echa mano, como ha ocurrido ya en alguna ocasión, de la cursiva para jugar con las voces que integran el libro que nos ocupa (aunque, lo dice el propio autor en las notas finales: «No todas las cursivas son citas», 95). Sobre una acción, como la de alumbrar (llena de connotaciones), se presenta toda una declaración de intenciones sobre el oficio de la escritura y los términos que le dan inicio: «Ciervo no viene de sirvo. No viene de acervo. No de cerveza. Aunque no lo creas, aunque no sean ciertas las definiciones buscan surcar mi disfraz con una cruz» (29).

            Uno de los rasgos que más despierta mi interés recae en la consecución del ritmo. Ahora bien, este viene privado por el conceptualismo de numerosos vocablos que resuenan en voz alta más fuerte, de corrido, a pesar de perder por ello (por la fluidez del discurso) la ristra de semas que conlleva. Este, ya en la segunda «Correspondencia» (contagiada por el sarcasmo, esta vez, de León Plascencia Ñol: «Hay epístolas que no entiendo bien», 57) sería un ejemplo entre versos implícitos de siete, ocho u once sílabas:

 

Audio: crujido de una persona con neumonía usando un estetoscopio. O un ciclo de caballos batiendo la estepa sin mucha certeza de sus límites. Eso somos, dices. Eso indica el eco de tu ronquido intranquilo mientras duermes. Como un cañón detonado al centro de tu pecho. Pecho: las placas tectónicas acomodándose. El desmoronamiento de una persona deja el cielo lleno de migajas, de cenizas, lo que alguien llama la brisa. Brisa: aire en los pulmones hinchados. Y no puedes sacar de ti ese dios que llena tus pulmones de agua. Abierto el cuerpo porque se abre y no es cielo. Un terciopelo en la boca. Grano de terciopelo. Ve. Esculca. A veces es necesario acomodar todo y después explotarlo todo. Reacomodo. Como las placas tectónicas suman puntos para el planeta. Hasta aquí decir virus válvulas salida todo fundido cama y coma carretera todo fundido [...] (59)

 

            Estamos ante un autor que bien podría entrar en el dificultismo que estudian Alejandro Palma o Alejandro Higashi; etiqueta bajo la que últimamente caben Coral Bracho o Daniel Téllez, a quien Alfaro lee y parece seguir en algunos de los poemas en prosa que mencionamos. He ahí la taracea tarea: «Escribir como si fuera el lenguaje asfixiándose, necesitado de oxígeno» (60); propia de estudios como el que coordinó Carmen Alemany en 2015, con el que abrimos este blog.

            En las últimas páginas, revive el personaje de Leopoldo Morven en poemas que explotan el recurso tonal ya mencionado. Ahora, destacan versos que se desplazan por la página (donde cobra mayor fuerza el blanco entre los complejos términos, oxigenados).

             Este tipo de reconocimientos, en ocasiones, como esta, nos ayuda a poner el foco en poetas que de otro modo podrían pasar desapercibidos o desapercibidas dentro de la maraña de nombres y títulos en México. Acérquense al potosino, pueden hacerlo también en Low-Fi Ardentía.

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