domingo, 11 de agosto de 2019

Juan Martínez, En el valle sagrado


Preciencia del zahorí
a tu contacto visiones ozónicas
en premonitorios palimpsestos raquídeos
oficio dentrítico altamente calificado
centros de sagrada especialización
[…]

Juan Martínez (171)

Juan Martínez (1933-2007) es uno de los poetas más singulares de México. Lo demuestra Heriberto Yépez en el ensayo con el que nos introduce En el valle sagrado ([1986] 2018), libro que acaba de publicar Malpaís ediciones en la segunda serie del Archivo Negro de Poesía Mexicana. He ahí la mística, la filosofía, la poética y el diálogo con el ser que se destruye para construirse.

            Como ya vimos con Jesús Arellano y sus Poelectrones, el poeta y crítico tijuanense profundiza en el prechamán, chamán y exchamán que es, sin duda, el escritor jalisciense que se construyó una cabaña en la playa de Tijuana y murió en Guadalajara. Al igual que su obra, el estudio introductorio es único por la claridad y los nudos que advierte y nos ofrece Yépez: «Noche y mañana del mundo», disponible en Academia.edu. Nuevamente le debemos a José Vicente Anaya la recopilación, la investigación y el preámbulo que se publicó tras su muerte y que se puede consultar en Círculo de Poesía. De igual modo, amigos como Homero Aridjis nos hablan de este particular personaje en una entrevista que recupera CRM en Estimus, así como la nota, con alguna errata, de José Luis Bobadilla en Tierra Adentro.
            Pero volvamos al de Yépez, que es el estudio más completo y riguroso. Qué mejor manera de acercarnos a Juan Martínez que con uno de sus párrafos tan sintéticos como sugerentes:

Este místico mundano estaba regido por una ambivalencia: alcanzaba sabiduría análoga a lo oriental –liberación por desprendimiento– y, a la vez, era un poeta maldito, en la más obscura tradición occidental. Destruía su obra para liberarse del posible ego que podía derivarse de su conservación, además de que es probable que un espíritu de autoexigencia, de perfeccionismo haya dirigido esa severa autocrítica, determinando que sus obras no habían alcanzado la perfección autoexigida; así como también lo pudo haber guiado la idea de que no era merecedor de la celebridad o reconocimiento que esa obra podría darle (29-30).

Recordemos a Concha Urquiza, también presente en la segunda entrega del Archivo Negro. En este caso la poesía mística conecta con la filosofía y, especialmente, con la experiencia que en vida tuvo Martínez y que ahora nos lega. El objetivo de los versos es llegar a la conexión con los seres del ser, el ser de los seres, res (nada) de reses. La energía de la naturaleza al más alto grado que baja a la tierra. En la poesía mexicana contemporánea su oficio se mantiene en referentes como Elsa Cross o Efraín Bartolomé. Ahora bien, no estoy de acuerdo, lógicamente, con la destrucción de la obra que parecía desear el poeta que nos ocupa. Entiendo que Yépez se refiere a la autoexigencia, a ese trance tan difícil de alcanzar; pero si ahora estamos leyendo a Martínez, además de por su experiencia, es por su interés literario, su consciencia del hecho estético.
            Otro de los aspectos relevantes para entender su obra y la lírica del país es la concepción que tiene del mar como femineidad. Engendra vida el rito de paso que circula del cielo (el padre) a la tierra (la madre) a través del agua como elemento natural que –según muestra Octavio Paz en la antología Poesía en movimiento a la que Martínez no llegó a entrar– logra el tránsito, el tacto y la palabra. Para Yépez: «Juan Martínez se metía al agua para unirse con su madre readquirida. Lo que más deseaba Juan Martínez era unirse con el Universo. Retomar “la preeminencia de mi conexión prenatal”» (45). Es más, «su poesía es la descripción del paso del principio masculino hegemónico al principio femenino cósmico; el paso del hombre regido por el ego patriarcal y el intelecto racional hacia la fusión con el alma femenina y la visión imaginal» (46). Con esa visión acaba y comienza todo.
            Tras el preámbulo de Anaya, donde da cuenta de los títulos que se integran En el valle sagrado, desde inéditos al poemario A las puertas del paraíso que curó Alberto Blanco desde 1985, damos con el primer poema del libro: «En las palabras del viento». Está dedicado a su hermano, José Luis Martínez, el famoso editor que supondría el polo opuesto al benjamín de la familia. Tales versos son los que aparecen en la contracubierta y marcan la declaración de intenciones del poeta, del místico, del ser humano: «¡Generación! / Oíd vosotros la palabra del viento que habla por el hálito de mi nariz. / Olvidado el mundo de su atavío, y el pájaro de su concupiscencia / encontré la sangre esparcida del alma de los pobres y de los inocentes» (79). El mensaje llega pese a la altisonante retórica por la sintaxis y las figuras límpidas y claras que se advierten en el conjunto de su obra, al subir al valle para tocar lo más hondo de la existencia.
            Su oficio plástico se advierte en prosa, al final del «Diálogo sobre el amor»: «hecha y deshecha en el blanco y el negro y sin embargo siempre viva girando en perfecciones de acechanzas deíficas reflejando dorados recintos de equiláteras caras» (104). La divinidad fluye hasta la poética que podría considerarse «Líneas preparatorias a la penetración del entendimiento» (109-115). Se sumaría así a las Artes poéticas mexicanas (de los Contemporáneos a la actualidad) (2015) que coordina la maestra Carmen Alemany. Y lo haría con la ciencia, «La Verdad»: «Diametral y opuesta / es la luz a su antinomio / infinidad de círculos / a merced en su fuga epicéntrica / y como endocarpio protector / sus espectros formando gemas / de ortodoxia irradiante / diafragmática hipérbole» (114). La narración, el teatro y el ensayo confluyen en la poesía. Escuchemos, si no, el final de la parte titulada «Por el hilo dorado de lo eterno»:

Alondra 2a.:
¡Abrid los escotillones
de la aterida canción
hasta que envenene al viento el elixir de amor!

Alondra 1a.:
¡Y las madejas de angustia se desploman,
con metálico rumor!

Alondra 2a.:
¿Y el ciudadano del humo
con cicatrices de amor
de madrugadas dormidas y en el ojo una oración? (141)

Es inevitable pensar en La rama dorada y La diosa blanca que integran en la poesía mexicana autoras como Adriana Tafoya. Los significados y las interpretaciones forman parte de una compleja red de relaciones y mitos. Por su lado, la rima consonante genera en las agudas el golpe, el ritmo y los pasos. Si llegamos ya A las puertas del paraíso, cenitales cápsulas destellan y sintetizan los temas apuntados:

III

Encendida, plena,
noche
para los ojos
la memoria,
el silencio (200).

El silencio es la última palabra. Y este libro que cierra Alberto Blanco (206-210) establece un paralelismo, una lectura a dos voces, que parte del libro de este último, Tras el rayo. Una propuesta original, única.
            Estas son solo algunas notas que despierta Juan Martínez, En el valle sagrado. Releerlo es necesario si queremos entender la poesía mexicana en su horizontalidad y, ahí, horadar los terrenos que nos soportan.

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