domingo, 14 de febrero de 2021

Arco de histeria, el libro negro

 

Esther M. García (Ciudad Juárez, Chihuahua, 1987) mereció y recibió (esta vez sí) un galardón, nada menos que el Premio Nacional de Poesía Carmen Alardín, con un jurado formado por Ana Franco Ortuño, Iván Cruz Osorio y Roxana Elvridge-Thomas, por su poemario Arco de histeria, el libro negro (Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León, 2020).

 


            Después de Mamá es un animal negro que va de largo por las alcobas blancas (Universidad Autónoma del Estado de México, 2017) y de La destrucción del padre (El Periódico de las Señoras, 2019), sobre las figuras materna y paterna, respectivamente, la trilogía se cierra, de momento, con la disección de la historia conjetural del retoño.

            A la vez que reedita Bitácora de mujeres extrañas, con prólogo de Sara Uribe, Esther M. García articula su obra en cinco lecciones: «Hystera/ ὑστέρα/ Útero», «La Salpêtrière», «Hystero star, un diario», «El teatro de las histéricas» y «Disecciones», amén de «Apéndices: Unheimlich».

            La creadora del Mapa de escritoras mexicanas parte del concepto de histeria que ya evidencia su primera lección, etimológica, para ver la construcción identitaria que supone este vocablo femenino desde la aristotélica concepción uterina. En este sentido, el texto arranca con la definición de la RAE, en la cual el sujeto poético en primera persona termina diciendo que «Para ellos la histeria era la enfermedad del útero ardiente» (13).

Lo hace en una nota al pie de página, recurso que ya adelantaba en La destrucción del padre y que supone una lectura al margen, que es donde radica el sentido, de la lengua que usamos para trazar el arco asociado a lo femenino de este libro negro, contrapunto o negativo o archivo (como el de Malpaís Ediciones) para desconjeturar la historia de la histeria ‒que diría Diane Chauvelot (17).

El lenguaje científico es la base para el poema; que, en cursiva, forma visualmente un útero que engendra el libro, el conocimiento. Reivindica de este modo, desde un inicio, la fuerza que tiene ahora mismo buena parte de la literatura mexicana e hispanoamericana debido a las escritoras.

El poema nace como lo hace el arte al arquearse el cuerpo femenino en contra de lo que establece o impone el patriarcado. En García conviven armónicamente la ciencia y el arte a las que se refiere en el propio poema, en prosa, cual ensayo: hibridez fértil de la tradición.

            Este libro es fruto de la histeria; o, mejor, de lo que históricamente se ha considerado como tal, de la asociación que de esta se ha hecho con lo femenino, de la oscuridad que nos concierne y tan escasamente suele proyectar el poema. Normalmente, cuando ocurre, el discurso se parapeta en la oscuridad del lenguaje, quedando ahí los «negros vapores» de sor Juana. En esta ocasión, como es habitual en la poeta de Saltillo, Coahuila, el tono cercano al habla, que busca una comunicación, transmitir un mensaje, profundiza gracias a esta claridad en las pútridas capas de nuestra existencia; buena parte de ellas cercanas al útero, al sexo, al origen.

            En la segunda lección vemos con la viscosa plasticidad de las imágenes verbales cuadros que no aparecen más que en una écfrasis marginal, al pie de página; base, pues, el lenguaje verbal, de la historia, de la ciencia, del arte. La verdadera histeria, entonces, es el lenguaje. Él hace que ella diga o haga o tenga la cicatriz que marca en lugar de tapar el poema.

            Seguidamente, sí aparece la imagen como tal, con ilustraciones de Ariel Leviel en las que una mujer, en escorzo, se mueve al ritmo de los versos que limita la línea negra horizontal, en el blanco de la página:

 

 


 

La mujer que se arquea entre telas vaporosas y referencias míticas da paso en la lección cuarta a poemas como «Sobre una histérica de apellido Glantz», del que hablamos en la BUAP con «Desautomatización de la figura y la obra de sor Juana en las poetas mexicanas contemporáneas».

            Las dos partes (zut, plus de beurre I y zut, plus de beurre II) de este poema dedicado a Margo Glantz, en contra del previsible homenaje, evidencia la histeria de un sujeto poético sobre la historia biobibliográfica de una referencia de la escritura en México. Se cuestiona, entonces, el poder, el centro, el peso del mapa.

            Por último, en la lección quinta se producen las «disecciones» de los vocablos (de boca) que continúan los mitemas aDElaNTADOS por sor Juana: Arco de histeria, «Vagina dentada» (61).

            Ya en el apéndice, el penúltimo poema acomoda las palabras, las encierra en una caja, a la manera de Diana Garza Islas o Rosario Loperena.

 

Cuadrada cama acomodada en una caja

un mundo seco incrustado en los

límites de una habitación

 

No hay amante nocturno

No hablan los árboles de la noche

trayendo las sombras del antiguo amante

 

No más blancas vergas para aquella vagina

que alumbra oscura el entramar

del mal de la ponzoña virgen

en el bulbo vulvar de un sebo de luz (80)

 

Cercana en la pétrea fecundidad de la piedra de María Auxiliadora Álvarez o de la leche de Mónica Ojeda, Esther M. García riega con sangre pútrida «el bulbo vulvar de un sebo de luz» oscura, entre las piernas y, por ello, con paso firme.




            Pasen, si no lo han hecho ya, por una de las poetas más singulares de México. En cada una de sus obras darán con nuevas vetas para el tema de la violencia, la maternidad, la genealogía y la poética; al tiempo que reconocerán a una voz sólida que cumple diez años publicando.

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