domingo, 29 de marzo de 2020

Ignacio Ruiz-Pérez

Fuente: The University of Texas at Arlington
Ignacio Ruiz-Pérez (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 1976) es poeta y ensayista. Entre otros libros, es autor de Navegaciones (2006), Lecturas y diversiones: La poesía crítica de Eduardo Lizalde, Gabriel Zaid, José Carlos Becerra y José Emilio Pacheco (2008), Nostalgia de la unidad natural: la poesía de José Carlos Becerra ([2009] 2011), Papeles robados al fuego (2014), Islas de tierra firme (2015) o Libro de la ceniza (2016); de los que hablaremos a continuación para acercarnos a una de las figuras más relevantes para el estudio y la escritura de poesía en México.

            Gracias a Alejandro Higashi di con Ignacio Ruiz-Pérez. Me sorprendió enseguida su artículo «José Emilio Pacheco en el imaginario de la poesía mexicana reciente: ética de escritura y política de lectura»; por la claridad con la que abordaba un tema complejo: algo que se puede decir también de su obra lírica. Luego me arrepentí de no haber leído antes los dos ensayos que comentaré brevemente en lo que sigue, a propósito de Lecturas y diversiones o Nostalgia de la unidad natural, en los que destaca la figura de José Carlos Becerra. De haberlo hecho en su momento (la circulación de libros todavía es complicada entre México y España), podría haber encontrado la base de lo que quería analizar en mi tesis: la convivencia de la tradicional dicotomía entre lo culto y loo popular en aras de un nuevo compromiso a partir de los años sesenta. Ahora, con el obligado confinamiento, tengo la oportunidad de releer con calma media docena de libros del chiapaneco y compartir algunas notas. Cuento esto porque, como veremos y como se ha apuntado ya por parte de la crítica, su vida, su poética y su investigación parecen unidas: entre ellas se entreteje una influencia de quien lee y escribe, en ese orden (algo que no siempre es tan común).

Ruiz-Pérez, actual profesor de Literatura Mexicana en la Universidad de Texas, Arlington, mereció a los veinticuatro años el Premio Nacional de Poesía «Alí Chumacero» (2000). Posteriormente publicó La canción del desterrado (2004), su primer poemario, casi al tiempo que empezaba a trabajar en Estados Unidos y recibía el Premio Regional de Poesía «Rodulfo Figueroa» (2005) por Navegaciones (Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Chiapas, 2006). Este título que a priori nos puede recordar las que llevaba a cabo Abigael Bohórquez en Yoremito (1993) se estructura en tres partes: «Asimetrías», «La señal del cuervo» y la que da nombre al libro. Aunque pareciera que, si continuamos la taxonomía de Octavio Paz en el prólogo a Poesía en movimiento (1966), estamos ante un poeta de agua, como su objeto de estudio José Emilio Pacheco, Ruiz-Pérez se orientará al fuego en posteriores trabajos, donde desarrollará la alegoría del cuervo (2014: 16) que toma de la tradición en lengua inglesa. De hecho, el primer poema, «Elegía por la muerte de William Blake» (15), parte del mismo referente que abrirá años después Islas de tierra firme (2015) con «Apostillas a un poema de William Blake» (11). Pese a tratar de seguir los libros que fueron publicados por orden cronológico, su obra es un continuum, en el sentido en que puede considerarse un poema largo, que no acaba y no se fija, como le ocurría a su tan estudiado José Carlos Becerra. Son múltiples las conexiones posibles: el sujeto poético se disloca y se disgrega en «Autorretrato de Coleridge» (18) o el marinero «Billy Budd encadenado» (20). Billy Budd será el pseudónimo de Vicente Quirarte en el Premio Nacional de Poesía Joven «Francisco González de León» por Vencer a la blancura (1979); y encadenado estará Prometeo en la cubierta del poemario de Ruiz-Pérez Papeles robados al fuego (2014).
Ahora bien, los símbolos que sostienen su obra por la capacidad para renovar una tradición se deben, además del implícito –en el caso de «La señal del cuervo»– Poe, a Franz Kafka o Rubén Darío (quien, según Ernesto Cardenal, Carmen Alemany o Alí Calderón, logró unir la vanguardia con el coloquialismo en la poesía en español). Los epígrafes y otras referencias, como señalaba a propósito de Pacheco, establecerán el diálogo y las múltiples versiones analizadas un par de años después en Lecturas y diversiones (2008).
El espacio se dibuja por la especificidad de elementos que metaforizan el fuego en su mirada endecasílaba: «Entonces las ramas crujen y el silencio es más / parecido a la noche y los cuervos más parecidos al vacío: / pira de ojos que contemplan la muerte» (36). Las variaciones de los símbolos logran un hilo narrativo en ese poema total que está escribiendo el también ensayista. El adverbio temporal marca la sucesión de uno de los temas principales, el tiempo:

Entonces se hizo la noche:
las ramas crujieron,
los picos destazaron los vientres de los árboles
y expulsaron un millar de cuervos que devoraron
un centenar de hormigas, cuatro libélulas
y un petirrojo (38).

Son insectos que pervierten la cotidianeidad en contraste con motivos cercanos a la filosofía y la religión. El equilibrio se consigue por la sucesión de tales estructuras en pos del ritmo de la mano de expresiones populares que se modifican o actualizan a la manera de Maricela Guerrero (y antes, de Eduardo Lizalde o el propio Gerardo Deniz: poetas que paradójicamente no vienen en Poesía en movimiento, aunque en algún momento se diga ([2009] 2011: 140) que a este último le benefició la canónica antología). Son recursos que continúan y actualizan los rasgos coloquiales en la lírica desde los años sesenta.
            Navegaciones bebe de Gilberto Owen y permea en poetas como Christian Peña. El pato de la piscina en este último se aproxima al candente poema amoroso de Sinbad el varado. Se intuye el naufragio in crescendo con postales que forman los cantos de un poema extenso. Asimismo va del sexo al desamparo, cual nostalgia abordada con Becerra por la muerte, hundimiento. Se crea el silencio por los espacios entre tales cantos fúnebres de la sombra que le corresponde a cada ser inerte en el cementerio (64). Este final del poemario, en siete días, cual creación, será leitmotiv machadiano ante el azogue mexicano: «Volteo y observo mi imagen: / de este lado me contempla el que fui; / del otro, el que seré. / Estoy siendo» (68). Son ideas que apuntamos ahora de cara a un futuro y detenido estudio.
            Lecturas y diversiones: La poesía crítica de Eduardo Lizalde, Gabriel Zaid, José Carlos Becerra y José Emilio Pacheco (Universidad Veracruzana, 2008) es el ejercicio más límpido y puntual que me he encontrado sobre el tema de este blog. Con suma claridad y exquisito rigor por la palabra precisa se advierte en un centenar de páginas la labor de otras muchas cuartillas decantadas en la prosa de un poeta. De manera didáctica se apunta desde un principio, a partir de Ortega y Gasset y Paz, la distinción entre contemporáneos (que comparte una misma oleada, podríamos decir) y coetáneos (de una misma década); ligada a la de generación y promoción, base para el estudio de Alejandro Higashi.
            Una contextualización de carácter historiográfico demuestra el peso que tuvieron las publicaciones periódicas en unos años, los sesenta y setenta, vitales para la poesía joven (marcada por el cine o el cómic, 29) y lo que José Joaquín Blanco llamó «poetas de la crisis» (46); entre quienes se encuentran los protagonistas del estudio: Lizalde, Zaid, Becerra y Pacheco. Por ellos define Ruiz-Pérez la poesía crítica:

Los cuatro poetas son conscientes de que la originalidad no existe y es precisamente esa conciencia la que, paradójicamente, los lleva a la novedad. Entonces el poema elaborará un escrutinio de otras voces (tradición) y se transformará a través de una lectura crítica y cuidada que cederá el paso a la escritura. La escritura y la lectura, por su parte, se asumen como una toma de pulso: al re-pensar (re-leer) lo anterior (la tradición) para no re-presentarlo en el poema, los autores re-plantean también sus propias obras. Los cuatro autores leen y se leen, y es a la luz de esa lectura como perfilan, primero, una crítica de la lectura y, después, una poesía crítica (50-51).

La Matanza de Tlatelolco en el 68 será parteaguas de un compromiso que continuará seguramente en el poema con el apocalipsis (como se viene haciendo a tenor de Homero Aridjis) o las medidas ante el actual COVID-19. El tópico manriqueño (52-53) del mar como destino irremediable que nos iguala sirve para establecer esa poética y política de lectura y escritura. La angustia de las influencias del recientemente fallecido Harold Bloom (83-84) dará con Carmen Alemany una vuelta al tan presente Rubén Darío. Estamos, lo probó con tino este libro, ante versiones, diversiones, conversiones, conversaciones, perversiones y hasta inversiones. Contra poetas parricidas, el propio Ruiz-Pérez evidenciará la necesidad de conocer una tradición para establecer el diálogo como lectura y escritura, a propósito de Pacheco en el artículo ya mencionado, y especializándos en Becerra por su siguiente ensayo, Nostalgia de la unidad natural: la poesía de José Carlos Becerra (Instituto Mexiquense de Cultura, [2009] 2011).
            En este segundo ensayo se advierte una mayor complejidad, pues Becerra, a diferencia de Pacheco, plantea una poética donde se da esa convivencia de lo culto y lo popular que, por ahora, todavía remite a la primera pauta en numerosas influencias de poetas jóvenes. Ello lo podrá discutir Ruiz-Pérez o Marco Antonio Murillo al considerar, al menos en un primer momento, su poema «Batman» como ejemplo paradigmático de la poesía y el cómic en México.
            El gerundio con el que terminaba Navegaciones continúa en «ese dis-continuo estar siendo que, según Heidegger, es el carácter inacabado del ser» (11). La indispensable Ana Chouciño se adentra en la melancolía del también chiapaneco Jaime Sabines, en el urbano Efraín Huerta o, todavía inédito, en el comprometido Jaime Labastida (y próximamente en Vicente Quirarte). Nostalgia de la unidad natural no es en sí un estudio sobre la nostalgia, pero sí permite, al centrarse en Becerra, tanto una ligazón con los poetas anteriores y posteriores, como una comprensión del sujeto poético que se disgrega y se fragmenta (a lo largo también de la lírica de Ruiz-Pérez por poetas como Rafael Cadenas, 2015: 101).
            La unidad de amantes por el tema erótico será un modo de plantear varias lecturas. Desde Blanco (1967) de Octavio Paz, Ruiz-Pérez apostará por algunos poemas dispuestos de manera horizontal en la página (2015: 57; 2016: 15, 30) a favor de la discontinuidad de esa creación en siete días que veíamos en Navegaciones (2006) y, antes, en Oscura palabra (1965) de Becerra (42). Fijémonos en uno de los rasgos que el chiapaneco señala del tabasqueño:

lo que más llama la atención de los poemas es que sus títulos están entre corchetes e inician y terminan con minúsculas y una simple coma para significar de manera gráfica que el texto debe leerse de un tirón o que, por lo menos, el lector no debe esperar un final que es inexistente. Este es el experimento formal más ambicioso de José Carlos Becerra [...] (124).

Se refiere a su último libro, Cómo retrasar la aparición de las hormigas. Ruiz-Pérez seguirá tal recurso, por ejemplo, en «Variaciones sobre un origami», segunda de las tres partes que componen Papeles robados al fuego (2014):

[CISNE, PEZ, ALDEA]

nada de lo que escribo existe

no existen, por ejemplo, el cisne, el pez
y la tierra que gira para que todo quede en su sitio

tampoco es real esta mano que escribe
y piensa en la mano que escribe

mucho menos la mano que pliega la hoja
ni la hoja que pliega la mano
para que salga limpia la aldea, (34)

Esta es la conclusión a la que llega en Nostalgia de la unidad natural: «La obra de José Carlos Becerra es síntesis e inflexión de la suerte de la poesía mexicana posterior a los años 60. Los poetas anteriores a Becerra son la constancia de la modernidad alcanzada por López Velarde y los Contemporáneos [...]» (138). Tomando tal directriz podemos leer también a Vicente Quirarte.
            No es casual entonces que Papeles robados al fuego (Instituto Mexiquense de Cultura, 2014) comience con un epígrafe de Antonio Machado: «... la incurable otredad que padece lo uno» (8). El doppelgänger o desdoblamiento dialoga también con Pacheco, por la versión de este sobre Manrique y la idea de poema como isla que extrae Alemany:

la costumbre de morirse,
qué novedad, la costumbre de morirse

y acostumbrarse también a la lluvia
para existir como una isla que desaparece en la niebla

y desaparecer
y no dejar ni el polvo ni el sol ni el río
que lava los pies y seca la vista

pues más allá sólo queda la mar,
que es el morir, (21)

Esta imagen manriqueña entre el agua que se escapa a favor de un fuego del que se rescata o se roba la poesía dará nombre al siguiente poemario, un año después, Islas de tierra firme. La despersonalización (o, mejor: la otredad machadiana) fluye en prosas sin puntuación (26-27) que recuerdan al clásico «Hoy es siempre todavía» del español en el final de este poema del mexicano: «porque ayer es hoy mañana es nunca repetir es variar» (27). Igualmente sería interesante profundizar de cara a futuras investigaciones en la actualización del tema del ángel (quizá rilkeano), tan poco común en la poesía mexicana contemporánea, a excepcion de poetas ya mencionados como Homero Aridjis o Vicente Quirarte.
            Islas de tierra firme (Aldvs, 2015), según Julio Eutiquio Sarabia, es ya la prueba que dejaba entrever: «parece dialogar con éste [Becerra]. No, desde luego, en su casi característica abundancia sino en la mirada –transparente la de Ruiz-Pérez– que, después de todo, coloca al hombre frente a una soledad irreparable». Estoy de acuerdo en la limpidez que se destaca del segundo; ahora bien, son muchas más, insisto, las conexiones que podrían establecerse con el primero. La tematización de la rosa que se abre y se repite y se reforma (sin deformar, cual origami) aflora en esta nueva navegación. Es, sin embargo, vertical, pues une el cielo con la tierra en ese mar que espejea (92-131). La epanadiplosis es un recurso que continúa funcionando para ese otro tópico de homo homini lupus (el hombre es un lobo para el hombre) que popularizó Thomas Hobbes en el siglo xvii:

(trayectoria)

la brasa en los ojos del lobo
el lobo posado a la vera del bosque
el bosque en los restos del sol
el sol en la fronda del sauce
el sauce al pie de la noria
la noria en el fondo del agua
el agua en la respiración de la noche
la noche en la voz del crepúsculo
el crepúsculo en las alas del ave
el ave en las fauces del lobo (40)

La mirada, como la del cuervo, se incendia en el lobo. Es circular el rito, la trayectoria: el mar (la concepción poética) de Pacheco o Becerra. Por ello parte del Apocalipsis (22, 13) –«Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin» (65)– de la segunda de las siete partes («Litoral», «Avíos de equitación», la que da nombre al libro, «Revelaciones», «Invernadero», «Desplazamientos» y «Notas manuscritas llenas de incógnitas»; pues «Marginalia» presenta únicamente el desglose de las referencias implícitas y explícitas que influyen y conforman Islas de tierra firme). En ocasiones, el sonido o son-ido que consigue Ruiz-Pérez (97-98) comulga con la cosmovisión de otras poéticas de México como la de Víctor Toledo entre el azar y el asar que posibilita el seseo americano (2016: 47). Estamos ya defintivamente ante una poética de poéticas; según el clímax de este libro: «del silencio habrá de dejar constancia la escritura / y de las migraciones las alas:» (61). Se está acercando a una tradición cada vez más lejana en el tiempo, en un sentido quizá inverso, pero del mismo modo presente en la poesía mexicana contemporánea gracias a referencias como las que el propio poeta estudia.
            Por último, Libro de la ceniza (CELYA, 2016), reconocido con el XIV Premio Internacional de Poesía León Felipe, se estructura en seis secciones entre el fuego y el mar, a favor del primero («Memoria del fuego», «Canciones del mar oscuro», «Variaciones sobre un ciervo herido», «En otro reino extraño», «El azar de la ceniza» y «Vestigios»). Antes que a Manuel Iris o Balam Rodrigo, por los elementos naturales comentados, me gustaría señalar el atrevimiento sin estridencias ni posturas forzadas del poeta que siente cerca, como Francisco Cervantes, una tradición aparentemente tan lejana o anacrónica como las cantigas galaico-portuguesas. Así lo hace en el tercer milenio con los primeras manifestaciones literarias en lengua española:

Olas del mar sentido
¿cuándo,
cuándo saldrá mi amigo?

Pozo del ojo alado
¿cuándo,
cuándo vendrá mi amado?

Astro de vuelo henchido
¿cuándo,
cuándo veré a mi amigo? (22)

Este poema podría servir para explicar parte de la literatura en la Edad Media. Se trata de una versión, diversión o conversación, marcada por las cursivas y el estribillo que reivindica tanto la oralidad como el conocimiento de una tradición para la poesía de heptasílabos, octosílabos, endecasílabos y hasta alejandrinos contemporáneos (que no coetáneos). No queda ahí, en apariencia, este caso particular, sino que se integra en una compleja tesela que aclara Ruiz-Pérez por su lectura y su escritura. Y que aún nos falta reconocer.

2 comentarios:

  1. Va un fuerte abrazo a la distancia, para mi amigo Ignacio Ruiz Pérez... Una fiesta a la poesia.

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