domingo, 12 de abril de 2020

Esfinges de hojarasca


Esfinges de hojarasca (Diablura Ediciones, 2015) es un poemario en el que Heber Quijano (Metepec, Estado de México) expresa con aguda calentura el sufrimiento ante la enfermedad, la pérdida y el duelo de su papámamá.

            Premio Internacional de Poesía «Gilberto Owen Estrada» 2006 y Presea Metepec 2014, Quijano se adentra con este libro en el siempre difícil terreno que es la escritura del dolor. Después de tratar el erotismo a propósito de José Cruz o en poemarios como Derroteros del alba (variaciones sobre el deseo) (2007), reseñado por Margarita Hernández Martínez, el docente y locutor de radio reconstruye, según Andrea Barreto en Lector 24: «el dolor y la insignificancia humana frente a la muerte, a través de juegos de lenguaje perceptibles sólo si se atribuyen a la armonía sonora de la lectura en voz alta».
            Como lo apunta Lonely Wolfi en su blog, el poeta recrea en este libro una historia personal del padecimiento ante la muerte del padre, pero es incluso mayor su obra si se considera esta una esfinge (en la tradición egipcia o griega) que aflora con el despojo natural, esas hojas que resuenan con las figuras retóricas que domina, como se decía anteriormente. Si pensamos que el poema no admite explicación sino interpretación, podemos detenernos en el que abre el libro tras un epígrafe de Octavio Paz que representa ese sentido inverso y oweniano que es crecer con la caída:

Emergencias

modulan el compás las sirenas
que gotean con su diástole
los semáforos de arena

su eco desgarra el ardor

sobre tu epitelio navega
la xilocaína y en la quijada
el filo de Caín su queja
inflama el fardo de tus flemas
bajo el légamo de la mortaja

truena                    las sirenas otean
oleadas de espamos
en las ventosas de las boquillas
en que supuran tus pulmones
–al compás del alquitrán–
su hemorragia mortecina
detrás de cada cortina
se condensan las medicinas
en el mar de las sirenas
se aglomeran en películas viscosas
punzan clavos nariz ardiendo
se agrietan escaras
que efervescen de hervor
escarapeladas cáscaras epidérmicas
las pústulas hinchadas

al fin       desfilan las camillas
con la mordaza de la asfixia
me pregunto
                si el canto de las sirenas

                te despierta (9-10)

Este poema desgarrador por ser ejemplo de la unión paciana que es forma y fondo, dará paso a las tres secciones de Esfinges de hojarasca: «Catástrofe», «Mortuoria» y «Coloquio de fantasmas». La ausencia de puntuación a lo largo de los poemas hacen que estos formen una historia que continúa en sus tres fases. La primera escena, cual prólogo, se dedica al objeto que inspira el ejercicio de escritura antes, durante y tras su muerte. La descripción de la prisa ante una situación de urgencia, representada enseguida por el título del texto, va bombeando al ritmo de la ciudad. El movimiento del corazón está marcado por semáforos que no se ponen en verde y dan paso, intuimos que en la mente de ese sujeto poético que vuelca y traslada la desazón, al instante en una eternidad del verso que, como las sirenas (de la ambulancia y de la mitología que cantan y atraen para hacer sufrir), truena en un espacio, un hueco y un silencio que llenan en el mismo verso lo que aparentemente podríamos considerar asonancias. El caudal discurre hasta la repetición del cierre vocálico en mortecina, cortina o medicinas, en la parte central, climática; pueden simular ese eco ensordecedor de las sirenas que enmudece hasta explotar en el lenguaje esdrújulo «escarapeladas cáscaras epidérmicas / las pústulas hinchadas»; mientras tú, la tercera deja lugar a la segunda persona, pasando por la primera, sigues durmiendo o soñando.
            Además de lo dicho, el logro de Quijano se concentra en la elección o creación de palabras como el verbo «efervescen». El sonido, destacado por Barreto, impregna la medicina en la piel que toca en medio del caos y segundos antes de la catástrofe. Detenernos en ese pórtico nos permitirá ir degustando (valga la paradoja) el padecimiento de un hecho que termina siendo estético por la conjunción del lenguaje aséptico con la emoción. Las vocales se abren cual paronomasia en decasílabos: «En vilo vela la luz cardiaca» (15).
            El final en dos puntos (única puntuación, clave para León y Ruiz-Pérez semanas atrás) conecta con la siguiente fase: mortuoria. En este sentido, al comenzar varios poemas con conjunciones copulativas o adversativas hace notorio el continuum y el debate en forma de monólogo o diálogo que recupera en cursiva la voz enferma. Un tema como el suicidio, tan presente en la poesía mexicana, forma parte de las esfinges por omisión; esto es: la muerte tras el sufrimiento hace pensar en el huérfano si el fin voluntario hubiera paliado o adelantado los sentimientos que ahora provocan la escritura, esa frágil mas poderosa imagen corpórea.
            Por otro lado, además del oído que resuena y marca el silencio del eco, la imagen se sostiene con metáforas sumamente tiernas para definir el ataúd: «dentro del cóncavo túnel de pino» (31) o la «urna funeraria» (25, 43) que en su adjetivo presenta términos tan opuestos como la misma urna y la feria. La fiesta es de respeto hacia el Mictlán y las culturas mortuorias con el oficio de la escritura que será mencionado por Fernando Fernández o Lorena Huitrón a propósito de ese insecto básico para Egipto: «y me gusta juntar escarabajos en el barro / quitarlos de tu pecho de esfinge / para hacer con ellos simulacros / y que no te lleven en tandas las hormigas» (34).
            En definitiva, podemos decir que la memoria (que pierde el enfermo y afianza el hijo con Esfinges de hojarasca) hacen de Quijano, a la manera de Proust y el olor, un recorrido por tradiciones literarias y culturales básicas para ofrecer un encomiable poemario sobre el dolor. Lejos de los lugares comunes, cualquiera que lo lea o lo escuche se identificará con lo poderoso que es ese testimonio lírico del sufrimiento.

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