domingo, 14 de febrero de 2016

Daniel Téllez

Daniel Téllez
Una larva es albor
(Cielo del perezoso, p. 12)

y la vida mediterránea prometida
era sólo una siniestra alternativa
para concebir lo que podría pasarle al tiempo
si emigráramos al otro extremo del mundo
(A tiro de piedra, p. 44)

Daniel Téllez

Daniel Téllez es un poeta que lucha contra el lugar común. Y lo consigue. A continuación comentaremos brevemente dos de sus últimos libros, Cielo del perezoso (Bonobos/ Conaculta-Fonca, 2009) y A tiro de piedra (Bonobos/ UNAM, 2014), para destacar algunos rasgos peculiares de su poética y de su importancia en la poesía mexicana contemporánea. 

            Daniel Téllez (Ciudad de México, 1972) es autor de los poemarios El aire oscuro (Tierra Adentro, 2001), Asidero (IMC, 2003) o Contrallaveo (Pliego de Poesía, UAEM, 2006), entre otros. También destaca su libro (en colaboración con Carlos Maldonado) Pasiones desde ring side. Literatura y lucha libre (UMSNH, 2011). Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino en 2001 y el Premio Municipal de Poesía Rey Poeta Nezahualcóyotl 2006 a Creadores con Trayectoria. Ha sido miembro del Consejo Editorial de Conaculta, el FCE, el IMC y de las revistas Tierra Adentro, Reverso y Desarrollo Académico (UPN).
Cielo del perezoso
            Cielo del perezoso (2009) es una constelación rutinaria que, sin embargo, solo vemos con los flashes yuxtapuestos que la conforman; es decir, se trata de un poemario difícil de leer pero fácil de releer. Conviene retener sus palabras entre el paladar y la lengua antes de tragarlas y hacerlas nuestras. De lo contrario, sus versos pueden rascar la garganta.
            Como si fuera un menú (de cóctel, aperitivo, primer y segundo plato y postre) Cielo del perezoso (igual que ocurrirá con A tiro de piedra) se compone de cinco partes: «Acápite», «Bordón», «Dactilares», «Acertijos» y «Lifestyle». Cada una de ellas viene con un epígrafe que alude al título.
            Por ejemplo, Téllez introduce «Acápite» con las palabras de Reynaldo Jiménez: «acápite para este capítulo con duración/ sublunar: huella del nauta al pie del tótem» (9). Aquí comienzan los recuerdos que plantearán la imagen conjunta, la constelación.
            Seguidamente, «Bordón» nos guiará mediante descripciones del espacio vital y poético. Con versos breves, el bate golpea el poema (el diamante) con un ritmo embrutecido, «gandul» (40).
            «Dactilares» muestra su poética de lo (in)tangente, su (id)entidad. Aquí está el poema que da título al libro (51) y en estos versos caben las matemáticas: «2´664/333 = 8 kilómetros, que multiplicados/ x 2 (el volteo) resultan 5´328 pisadas o 16 km/ olímpicos» (52).
            «Acertijos» son enigmas que desarrollará posteriormente A tiro de piedra. No obstante, aquí no hay respuestas, sino más preguntas. Se concentra una tradición a veces reconocible. Los títulos nos dan pistas. Por ejemplo, en el poema «Echarse un ocho», «jodón refriega ósculos y manuelea,/ marea de menos la fusca» (66). La coloquialidad, si todavía existe, ha variado.
            Finalmente, en «Lifestyle» el lenguaje se descompone no tanto altazorianamente, sino más bien con versos que son imágenes repentinas fruto de un oficio nada perezoso, como la vida. Así concluye: «el transhumanismo tecnófilo/ es su blasón/ sutil a un culto» (74).
            José Javier Villarreal, en la contracubierta de Cielo del perezoso, se refiere a la oportunidad que Téllez nos da para «jalonear –como es debido− el planisferio de la poesía mexicana que nos ha tocado habitar y, desde luego, transitar».
            Por su parte, Josu Landa reseña este libro afirmando que «si hay algún juego en la palabra de Daniel Téllez no es lo que se dice un juego de palabras. El perezoso puede sentirse bien constelándose, estrellándose, en su orto, a modo de huida de su triste Orco» (Revista Crítica). En este juego −«oblicuo obelo […] opaco a la copa» (37)−, son comunes en Téllez las cursivas y los corchetes como rasgos tipográficos que amplían las voces poéticas y sus significados.
A tiro de piedra
            A tiro de piedra (2014) es un retrato terrestre. Lo que ocurre en este planeta es insólito. Pese a ello, tiene una explicación y unos referentes que conectan reflexiones cotidianas, críticas al comportamiento humano, sátiras de nuestros defectos, homenajes a las lecturas que nos forman, aprendizajes y una reivindicación de la independencia como parte del conjunto.
            Estas son las cinco partes: «Traer a colación», «Respiración artificial», «Fragor fuera de pecho», «Todo está sobre la mesa» y «Henos aquí (modus operandi)».
            «Traer a colación» actualiza el imaginario colectivo, trazando de nuevo una condición humana y una parodia de sus conflictos, que son los nuestros. «Con el tiempo y una caña» descubre que Caperucita y el «Sr. Lobo» se acuestan juntos. La ironía lee de nuevo: «Las interpretaciones psicoanalíticias/ de Caperucita inciden –a mi seso−/ en el enfrentamiento de una adolescente/ con su sexualidad emergente» (13).
            En segundo lugar, «Respiración artificial» oxigena el agobio por la realidad digital con una vocación léxica chilena: «ergo patriarca de tus cabellos impasibles/ a falta de googles» (36).
            En el «Fragor fuera de pecho» la poesía de las imágenes palpita al ritmo de la prosa, conectando las pasiones humanas al criticar sus vicios, en segunda persona (cfr. 54).
            «Todo está sobre la mesa» dialoga con la intertextualidad de su referente Raúl Zurita. Se alude al título: «A tiro de piedra esto de las palabras es un voltaje emocional» (68) y se relaciona la mejilla quemada del chileno −«Nunca sabremos cómo saltar de la mejilla a la gran pantalla» (69)− con un acercamiento bíblico −«tirando de la lengua hasta que San Juan baje el dedo» (69)−.
            Como ocurría al final de Cielo del perezoso, Téllez nos regala en «Henos aquí (modus operandi)» una poética de sus lecturas, en las cuales Raúl Renán demuestra que «La tradición está en nosotros» (74).
            A tiro de piedra se cierra con una «Inscripción (aviso final)» donde –tal como sucede con Vicente Quirarte− Luis Cernuda forma parte de la tradición que hereda y renueva la poesía mexicana contemporánea: «Allá entre las constelaciones brillaba la tuya, clara como el agua, luciente como el carbón que es el diamante: la constelación de la soledad, invisible para tantos, evidente y benéfica para algunos, entre los cuales has tenido la suerte de contarte [«La soledad» (fragmento), Luis Cernuda]» (77). Estas palabras del poeta sevillanocoyoacanense resumen la poética de Téllez.
            Para Jorge Plata, «A tiro de piedra, que es el título de nuestro poemario, nos hace referencia a eso que está a nuestra distancia, que se puede alcanzar y sólo se necesita intentarlo» (Melimelo).
            ¿Por qué los perros mean en las esquinas? ¿Son perezosos «como el Galgo de Lucas,/ que cuando salía la liebre se ponía a mear» (22)? Preguntémonoslo. Ahí se encuentra «un rasgo clandestino, Zurita, que sobrevive donde mea un perro» (68).
            Esta es solo una muestra de las infinitas sugerencias que puede provocar Téllez.
            Según el poeta chiapaneco Roberto López Moreno: «Daniel Téllez es parte importante de una nueva generación de poetas que está volviendo a reinventar el mundo para hacerlo habitable con las nuevas cargas eléctricas que le circundan» (Círculo de Poesía). 
            El siguiente video del Canal 22, «Visiones de la poesía contemporánea en México», reúne a Jorge Fernández Granados y a Daniel Téllez para reflexionar sobre la poesía.



            En definitiva, Téllez nos invita a completar de ideas los márgenes. Hacemos hincapié pues en la necesidad de leerlo al contrario que una novela, degustándolo plato a plato. Sus experiencias y la ficción nos mostrarán una poética de prosas breves, descripciones (¿tuiteras?) de refugiados, fábulas de erotismo intelectual y tránsitos acordes a un canto de la pe-reza.

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