domingo, 6 de marzo de 2016

Tarzán no ha muerto

Siempre me pregunté
cómo habían metido esos pétalos
dentro del vidrio
Eusebio Ruvalcaba («Las canicas»)

Tarzán no ha muerto (UNAM, 2014) es el último poemario de Eusebio Ruvalcaba (Guadalajara, 1951), aunque podría ser el primero, pues narra su infancia en una edición numerada e impresa con tipos móviles.

            Este libro es una autobiografía en verso. Sus poemas son breves y autónomos, en ellos pasa algo, por lo que podrían catalogarse como cuentos. Sus personajes se repiten. Los vamos conociendo. Con ellos recorremos la ciudad y las costumbres. Y nos reconocemos.
            Aunque los merece, Tarzán no ha muerto no requiere comentarios ni análisis. Es un texto que podría haberlo escrito un niño. No obstante, tiene el peso de quien, medio siglo después, mira hacia atrás y recuerda los detalles y las anécdotas que, sin saberlo, le han marcado.
            El hijo del violinista Higinio Ruvalcaba (destinatario de «Mi papá», p. 35) reivindica la necesidad de una poesía efímera, que no plana; de fácil lectura, pero de difícil digestión. Mediante casos particulares, describe la condición humana y universal.
            Los finales de sus poemas son sentencias que ofrecen una plurisignificación, un cierre que abre las interpretaciones. Así termina uno de los mejores poemas de Tarzan no ha muerto, «Mi abuelito»: «Alguna vez le robé dinero/ porque quería ser como él,/ un hombre rico» (16). Dicho recurso es común en Vicente Quirarte, a quien Eusebio le dedica una carta en su blog con motivo de su reciente ingreso a El Colegio Nacional.
            La ternura se mezcla con el humor que caracteriza buena parte de la poesía mexicana contemporánea. De niños hay detalles que no entendemos y que ahora concluyen un poema como «Mi padrino»: «Me enseñaron a besarle la mano,/ que recuerdo perfumada./ Y con las uñas barnizadas» (40). Además, la figura materna es básica en «Mi madre» (51) o «Mi abuelita» (33). En el entorno familiar se dan cita los objetos que nos descubren el mundo: «La televisión» (43), «Las inyecciones» (67) o «La bicicleta» (77).
            Los vicios perduran y se extienden: bien «Me peinaba el pelo con limón» (51); o bien «Mi madre nos guisaba la carne,/ los bisteces sin aceite./ Rociados de limón» (48). La primera persona y el pasado también caben en la poesía.
            La narratividad, como decimos, podría convertir la obra del tapatío en una prosa; pero todas estas frases breves, de sintaxis normativa y de léxico anormal, poseen la cualidad intrínseca de la poesía: el ritmo.
            La colección Ramas de Noviembre de la UNAM publica esta obra de Ruvalcaba en un papel gris, de un grosor mayor que el habitual y con unos azules que, si nos fijamos, distinguimos en microscópicas virutas, a modo de constelación o del papel que cubre las paredes de la habitación de quien escribe. Es cierto que, mediante esta técnica manual, las letras ocupan el espacio con más fuerza, como arraigadas, con más fondo que en la impresión digital.

            Eusebio Ruvalcaba es de esos escritores independientes y necesarios que confían en su escritura.

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