domingo, 25 de julio de 2021

El sonido de los cascos al chocarse

 

Daniel Medina (Mérida, Yucatán, 1996) está incluido en el archivo de Poesía Mexa con su libro El sonido de los casos al chocarse (Poesía Mexa, 2020): trece poemas que permiten entender tanto la coherencia como la univocidad, en diálogo con otras fuentes de las que sin duda bebe el autor de Una extraña música (Sombrario, 2018), Médium (Sangre, 2018) y El dolor es un ensayo de la muerte (Fósforo, 2020); galardonado, entre otros, con el Premio Nacional de Poesía Joven Jorge Lara 2014, el Premio Peninsular de Poesía José Díaz Bolio 2017 y el Premio Nacional Universitario de Poesía José Emilio Pacheco 2019.



            Esta publicación se debe al Consejo Editorial que forman Luis Eduardo García, Jorge Posada, Diana Garza Islas, Daniel Bencomo y Cindy Hatch. No es casual entonces que buena parte de la frescura que destila Medina parta de referentes como los mencionados en este blog: Luis Eduardo García y Diana Garza Islas; peculiaridad y atrevimiento que demuestra el yucateco en poemas breves cuyos títulos aluden al tema que adelanta el que nos ocupa, los caballos, de diferentes geografías (de la rusa a la inglesa, por ejemplo). Ahora bien, la intrahistoria de tales especies funciona como reflexión metapoética del yo lírico cercano y singular: como el de los poetas mencionados con los que es posible, quizá de cara a un trabajo futuro, trazar vínculos.

            Con el objetivo de ejemplificar la atmósfera que construye y describe dicha voz, a la manera ecfrástica, puede servir el poema «Fotografía del viejo oeste»:

 

Dos vaqueros armados

a la vieja usanza se miran.

Al fondo sus vehículos:

caballos de colores que no

pueden distinguirse, pero

caballos al fin.

 

A la derecha un establecimiento

de licores y cerveza barata

en el que seguramente hallamos

el origen de esta historia.

 

A la izquierda, es decir al oeste,

los aposentos del sheriff:

los dos hombres son quizá

los más buscados.

 

Más al fondo de los animales

la razón del problema:

uno de ellos piensa que su caballo

es en realidad un impostor.

 

Pero es un duelo,

y el impostor debe morir

aunque no exista

 

entonces bala (10).

 

La última palabra del poema, que va en un verso único, distante (echo en falta que sangre), se entiende como verbo y no como sustantivo (habitual en referencias de la poesía mexicana contemporánea como Armando Alanís Pulido). Dicho juego nos hace interpretar al caballo (asunto nuclear del libro), esta vez ‒o entonces‒, como el sonido que emiten óvidos. Los impostores, que también somos quienes leemos al imaginar lo que no es o está, se convierten en ovejas mediante un certero cierre: técnica frecuente en demás textos organizados en una precisa estructura circular (posiblemente asociada a la perspectiva ecocrítica que vimos con Maricela Guerrero o Isabel Zapata) o a la hibridez genérica de poetas que se ligan con el ensayo (pensamos, a propósito del dolor, en Alejandro Tarrab o Esther M: García).

            El interés por disertar la poesía desde la misma poesía, dentro de esta y las múltiples opciones que plantea el verso, lleva a Medina ‒colaborador de Cracken Fanzine, director de Ediciones O e integrante del Centro de Experimentación Literaria‒ cerca de la pragmática de las artes poéticas que coordina Carmen Alemany en 2015. En este sentido destacan los veintidós puntos con que cierra El sonido de los casos al chocarse, bajo el título de «Nuevo manual de poesía» (16).

            Me sumo a los argumentos que da Adán Echeverría en su texto «¿Por qué leer a Daniel Medina?», publicado en Monolito; del que para terminar extraigo unas líneas: «Medina demuestra que sabe leer, que sabe imitar, que sabe asimilar conceptos, y entonces construye. Todo en esta su primera obra se nota pensado y eso se agradece».




            Pueden acercarse a la obra de Medina también en Carruaje de Pájaros, Otro páramo, Tierra Adentro, Metapoesía o Bitácora de vuelos.

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