domingo, 17 de enero de 2016

Ávido mundo

el tiempo era sólo una arruga
en la corteza de la historia
María Baranda (Ávido Mundo: 37-38)

Ávido mundo (Cuadrivio, 2015) es un libro de María Baranda (Ciudad de México, 1962) que publicó Ediciones Sin Nombre en 2005 y que ahora hace lo propio la editorial Cuadrivio. Aquí se pone en la piel de alguien que vive actualmente. Parece algo sencillo, que no requisiera siquiera un poemario...; pero al leerla entendemos muchas cosas que están a nuestro alrededor y que no sabemos.

            María Baranda –Premio Nacional de Poesía Aguascalientes (2003) o Premio Sabines-Gatien Lapointe (2015), entre otros− es famosa, sobre todo, por el poema que le dedica a los 43 desaparecidos. Como María Rivera, en cada concentración al respecto se recitan los versos que describen cómo eran o cómo son (aún no lo sabemos) estos estudiantes de Ayotzinapa. Muchos critican la utilización de «la tragedia para hacer grandes poemas». Creemos, no obstante, que recordar las desapariciones no supone más que una palabra igualmente maltratada: la justicia. En el I Encuentro Internacional de Poesía de la Ciudad de México, María Baranda lo recitó:


            Una vez destacada esta utilidad poética (la de concentrar y concienciar a la gente ante el conflicto), comentamos el contexto en el que creamos, sin creer y, a veces, sin querer.
            Ávido mundo se compone de veinticinco poemas. Entre ellos hay otros en cursiva, como dos voces: una más rígida y otra que se inclina hacia abajo y a la izquierda.
            Destacan de María Baranda la precisión lingüística. Ellas (las palabras), ella (la poeta) y esta (la poesía) se unen en la imaginación, en la imagen de una nación que habitan «dioses desdeñables en la imaginación/ del cuerdo. Cuerdas que cuelgan/ de un árbol y otro y otro» (23). El ansia y la codicia nos lleva a desear: término que divide el revés de sed y el verbo iniciático ser, interrumpido por la primera de las letras. Hasta tres veces se repite en Ávido mundo lo que podríamos considerar tesis del poemario (la sed de ser): «la sed de ser/ la voz de un petirrojo» (26); «tu ordenada sed/ de ser el paraíso» (41); y «como espanto y lejanía y sed de ser/ sombra celeste huyendo de qué cosas» (48). El agua anhelada se estanca «como una urbe marina/ […] ánimo de ti que me conturba» (46) y es estaca: «ahógandome como si fuera/ la furia de tu llanto en tus vapores» (49).
            En contraste con los versos breves, encontramos una cadencia que siguen las hormigas, el insecto de la poesía mexicana. Veamos estos alejandrinos asonantes:

Y un género de hormigas con alas en la noche
invoca a los rabinos del ánimo y la dicha.
Una sutil imagen de un loco sin camisa
recorre con estrépito tus sueños más remotos (24).

            Lo surreal es necesario para lo real. El mundo de María Baranda es el nuestro, pero también el de las hormigas que vuelan mientras dormimos y un excuerdo te recuerda lo lejano mediante preguntas retór(ác)icas: «¿Cómo escribir de ti/ sin que resulte insoportable?/ [...] ¿Cómo beber tus/ sílabas abiertas?» (25). La poesía de Baranda discurre entre peñascos pequeños que se repiten en nuestra existencia, esencia de las cosas que nos rodean. El haiku es lo que le falta al vaso de cerveza pasado ese primer instante: «Espuma hubo. Fue terrible,/ ¿quién si yo gritara...?/ Etcétera» (28). Un poema que acaba en etcétera nos invita a pensar en otra cosa, pero no podemos. Nos arde la cabeza. Continua mente. Somos «hidrocálidos» (29); es decir, de Aguascalientes. Sin hervir, «nadan» (30), otro palíndromo que voltea imágenes poético-narrativas.
            En definitiva, Ávido mundo es un poemario y un poema río, cuyo cauce está manchado y agitado por la ciudad selvática de lo posible y lo imprevisto. El que en mi opinión es su mejor poema, el XXIV, ejemplifica esta brevedad, breve edad, punzante y rítmica, como unos pasos sin freno y sin camino:

De lo lleno y lo oscuro,
de lo que escribo y oculto,
donde nombro y fulmino
y jadeo de pronto
en un parpadeo y otro y otro,
en la orilla cantando,
en el comienzo indecible,
[…] (57)

            Según Armando González Torres a propósito de Ávido mundo, «la voz poética devuelve al mundo sus voces y hay una naturaleza elocuente donde seres animados e inanimados se acoplan y desacoplan en un mismo rumor o un mismo grito». Ese rumor o ese grito superan la tragedia. La expresión impresiona de tal modo que lo mundano es mundial.

            Si queremos saber más de María Baranda, podemos visitar sus publicaciones en Letras Libres o los trabajos que Círculo de Poesía le ha dedicado. Acaba de publicar en España Teoría de las niñas.


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