domingo, 4 de septiembre de 2016

Ramón Martínez Ocaranza, Patología del ser

No hay canto sin llanto.
Ramón Martínez Ocaranza (pág. 39)

Ramón Martínez Ocaranza (1915-1982) integra el Archivo Negro de la Poesía Mexicana (Malpaís, 2015) con Patología del ser (1981): el canto entre grietas de la razón.
            Uno de los académicos que más está haciendo por la poesía en México, Israel Ramírez (Seminario de Investigación en Poesía Mexicana Contemporánea - UNAM [ahora en El Colegio de San Luis (COLSAN)]), prologa la obra del michoacano, un «obstinado olvido». Además de explicar quién era Ocaranza y por qué es «único» (como lo define Enrique González Rojo Arthur en el video que adjuntamos al final), Ramírez reflexiona sobre la poesía marginal o periférica y lo necesario que resulta el trabajo que está llevando a cabo Malpaís Ediciones.
            Hace justo un año, en septiembre de 2015, Enrique González Rojo Arthur, Roberto López Moreno, Evodio Escalante, el propio Israel Ramírez e Iván Cruz (editor de Malpaís) rindieron homenaje a Ocaranza en Bellas Artes. La crítica académica contrastaba aquella tarde con alguien del público que gritaba: «¡los perros amarillos!» (tan presentes en Patología del ser: cfr. 76, 78, 159, 162). Tal equilibrio entre lo apolíneo y lo dionisíaco configura «esa suerte de contenida bravía, de calma convulsa que habita sus versos» (10). Y continúa Ramírez en la introducción señalando de manera conjunta «la tradición hermética y la vocación social y crítica» (13) de un poeta que confirma la inviabilidad de las etiquetas en la poesía; concluyendo que: «Martínez Ocaranza es un poeta raro, pero no sólo por ser poco conocido, sino especialmente porque esa rareza positiva que leemos en Patología del ser lo hace al mismo tiempo atractivo» (26).
            Uno de los pocos que también se sintió atraído por este poeta fue Enrique González Rojo Arthur. Su conferencia de 1995 al respecto es básica para leer el poemario del que destacamos brevemente algunas notas.
            La estructura de Patología del ser es compleja y variada. Se inicia con «I. Prólogo del actor», donde el cuarto punto («Índice crítico») explica las partes sucesivas del poemario: la Introducción poética, el Poema en siete novelas, Los tres Edipos, Cantares de las negaciones y el Epílogo de El último profeta (cfr. 42-46). Con dichos epígrafes nos hacemos una idea, como lectores, de los límites y las múltiples referencias que forman la obra que leeremos, a poder ser, en voz alta y fuerte.
            Ocaranza conjuga tonos, temas y lecturas sobre los que arman su declaración poética. «Walking around», de Neruda, o Muerte sin fin, de Gorostiza, caben en una misma «estrofa patológica»: «“Sucede que me canso de ser hombre...”/ “...Oh, inteligencia, soledad en llamas...”» (49). Uno de las constantes es la muerte, la interrogación vital: «¿Qué es la muerte? No sé. Quizás es una combinación de tiempo sin espacio» (104). Los versos medidos y rítmicos se entrelazan con sentencias filosóficas no exentas de humor. En cuanto a los recursos, destacan los juegos de palabras, expresando mediante paronomasias las conexiones del lenguaje con la realidad: «¡Qué leyenda que pudo ser de sexos encontrados./ De cesos encontrados./ Desesos encontrados!» (59). El seseo americano extrema la sonoridad de estos versos que rondan, a modo de estribillo, la tríada semántica. Por otro lado, resuena el retrato del ser humano, animal y divino:

¡Versículo de amor de perro muerto!

De god en dog el hombre se transmigra. Para después oír el subterráneo conocimiento
de su podredumbre.

Metáforas de perros y de gatos en el camino del conocimiento.
Los hombres inventaron teoganías por miedo a los espejos.
Y la conciencia humana se dio muerte cuando miró su imagen.
Que no hay ingenitud en dog que mata un perro sobre otro.
El hombre reconoce sus delitos en las tabernas del conocimiento (123).


La evolución de «teoganías» a la «ingenitud» es el filo conductor de Patología del ser: «Que poeta no es el que conoce la ciencia de su Ser. Poeta quiere decir hacer un Ser./ Un Ser ardiendo que arde y que se apaga eternamente» (140). El trabajo del SIPMC y Malpaís ha avivado las brasas de la poesía mexicana.


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