domingo, 25 de septiembre de 2016

Raúl Garduño, Los danzantes Espacios estatuarios

No preciso de mí.
Raúl Garduño (pág. 78)

Raúl Garduño (1945-1980) integra el Archivo Negro de la Poesía Mexicana (Malpaís, 2015) con Los danzantes Espacios estatuarios (1982): el movimiento que la muerte añora ahora.

            Uno de los críticos más agudos, Alejandro Higashi (Seminario de Investigación en Poesía Mexicana Contemporánea - UAM-Iztapalapa [ahora también Academia Mexicana de la Lengua]), prologa la obra del chiapaneco en un título que resume lo que fue su obra: «Derrames del ser, el tiempo y el espacio». Higashi alude a algunas coincidencias que la escasa crítica ha reiterado entre Raúl Garduño y José Carlos Becerra. Las menciona para re-enfocar el objetivo de la investigación: el texto. Descarta la interpretación de una obra como augurio de su temprana muerte (igual que le ocurrió a Becerra) para ahondar en la complejidad de las metáforas (danzantes, estatuarias) y partir de Martin Hedigger u Octavio Paz (cfr. 32-34) para entender un canto a la muerte, que es la vida, inmóvil por su movimiento. Estas palabras contienen un fondo poético ajeno a corrientes contemporáneas a favor o en contra de Paz. Higashi reflexiona sobre la presencia editorial, crematística al cabo, de este indispensable Archivo Negro de Poesía Mexicana Contemporánea, tal como hiciera en PM / XXI / 360º. Dice la introducción: «si el espacio, el tiempo y el ser eran las preocupaciones principales del poemario, por la alquimia del verso largo y la concatenación inmoderada de imágenes el lector podía llegar a sentir una verdadera y esencial ocupación del tiempo a través de una recitación de largo aliento y de una prosodia dilatada» (27). Higashi baraja varias opciones. Es objetivo, aunque su tono irónico pueda hacernos pensar lo contrario: «En Garduño, la relación solidaria entre la acumulación y la imagen garantizaban una semiosis infinita, como una inagotable máquina productora de sentidos diversos para cada lector» (44-45) Parte de los comentarios previos de un texto para ofrecernos al final su interpretación justificada:

Su poesía no era una experiencia de la síntesis y la conclusión, sino todo lo contrario: estética que se nutría de la dispersión de la imagen y del sentido hasta la misma obliteración cognitiva (y ontológica). Se lee a Garduño no para saber, sino para dejarse ocupar por el ser y el tiempo de una estética que, mientras existan los lectores tenaces, seguirá viva (46).

Los danzantes Espacios estatuarios de Raúl Garduño apareció de forma póstuma en 1982, dos años después de su muerte, gracias a la labor de sus amigos, entre los que se encuentra Francisco Álvarez, quien firma la «Introducción a la primera edición» (cfr. 51). Cuenta con cuatro partes: «Danzantes espacios estatuarios», «Caballo de espadas», «Conjeturas del divagante» y «Rocalla para la construcción» (cfr. 24). Los extremos se alejan del oxímoron en la medida en que el discurso del chiapaneco crea una filosofía de la creación, que no una poética:

[...]
Estoy muerto... Comienzo!
tomo el tiempo que es,
resuelvo con mis brazos
las hachas de la nube que me tala,
soy el asalto a la sangre de los hielos,
el toque de alarma del origen,
la formación del crimen en la mano que me piensa,
[...] (68)

La primera persona protagoniza el tono ¿autobiográfico? (no tiene por qué). El trazo es de sangre cerebral, de «esta escrita cicatriz aguda» (82). ¿Todo fluye? El poeta tiene la opción de fijar el curso vital: «va el duro río de frío estatuario» (106). Garduño ofrece una sentencia general en una frase (en una primera lectura) agramatical: «Donde nadie sabe nada todo está el poema» (137). Los danzantes Espacios estatuarios nos agita a través de términos sólidos. El choque se produce entre la concatenación de sustantivos y adjetivos que por su sencillez (que no simpleza) retrata la realidad urbana-(in)humana: «La gran ciudad duerme en el lecho austero de la basura» (139). En plural:

[...]
Habitamos la reyerta,
la noche sin la ciudad, la ciudad sin la noche,
la huída, el no moverse, las estatuas instantáneas
del pie
esforzándose aún
en alta mar
con su grillete de nubes (145).

Escuchemos los versos que hablan por sí solos, que no mismos, únicos. «¿Qué dice el fondo de la boca oscura?» (183). Habla de la veta que nos lleva al Ser de no ser, «de ser sin ser» (diría Raquel López): «de la herida que dice al mundo» (211).
            Raúl Garduño fue un poeta de otra dimensión, de la nuestra. Independientemente de su tragedia vital, de las cábalas... su texto requiere otra lectura. La que le ha dado Higashi y el Archivo Negro.
            El omnipresente Círculo de Poesía también atiende a esta periferia de la poesía mexicana y cuenta con algunos poemas de Raúl Garduño.

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