domingo, 27 de noviembre de 2016

Los disfraces del fuego

La sugerente ilustración de
la cubierta es de Natalia Luna
La realidad es un disfraz del todo.
Manuel Iris (pág. 37)

Los disfraces del fuego (Ediciones Atrasalante/ Consejo Estatal Para las Culturas y las Artes de Chiapas, 2015), de Manuel Iris (Campeche, 1983), es un canto a la mudez que nos inquieta por dentro hasta salir sin rostro en una expresión que reconocemos; no porque ya la hayamos visto, sino porque nos refleja.

            Los disfraces del fuego mereció el Premio Regional de Poesía Rudolfo Figueroa 2014. El jurado estuvo formado por Jorge Esquinca, Luis Armenta Malpica y Carmen Villoro.
            Hay numerosas lecturas y comentarios sobre la obra de Iris, quien las enlaza en su propio blog: Bufón de Dios. A continuación repasamos brevemente algunas de ellas, además de ofrecer notas personales que nos ha sugerido uno de los poemarios con más poesía (si es que la poesía es aquello que nos quema y nos abraza). Balam Rodrigo nos ofrece una lectura atenta y completa en «Los disfraces del fuego y la razón musical de la poesía» de Otro Lunes. Jorge Ortega publicó «El lirismo polar de Manuel Iris» en Tierra Adentro, destacando el tono particular que tiene respecto a la poesía mexicana contemporánea. Por su parte, Eva Castañeda reflexiona sobre Los disfraces del fuego en InComunidade, concluyendo que «con este libro, Manuel Iris ha encontrado su voz, una voz que sin duda irá reafirmando con los libros venideros». Alejandro Loeza defiende tal frescura en el blog de Griso; mientras que Inés Merchant informa de la reciente presentación del poemario en Nvi Noticias. Asimismo, destacan las recientes reseñas de María Baranda en Carruaje de Pájaros«De la vigilia interior», y de Daniel Medina en Bitácora de vuelos«Toda la belleza».




            El epígrafe de Vicente Gerbasi: «Relámpago extasiado entre dos noches,/ pez que nada entre nubes vespertinas,/ palpitación del brillo, memoria aprisionada,/ tembloroso nenúfar sobre la oscura nada,/ sueño frente a la sombra: eso somos» (5) está presente en el poemario de Manuel Iris: fuerza eléctrica del silencio que envuelve a las palabras precisas. La música de Arvo Pärt, genera y acompaña cada una de las cuatro partes que componen Los disfraces del fuego. Por ejemplo, en «Tintinnabuli», que remite al silencio y al agudo golpe de campana, el poeta advierte a quien lee que «La presente sección debe leerse escuchando Für Alina, de Arvo Pärt» (8), compositor estonio que creó precisamente el estilo Tintinnabuli. Y es que la música estructura la obra del mexicano, formada, además, por el título del libro «Los disfraces del fuego», la sección más extensa e intensa, por «Fuga», la despedida, y «Réquiem», el descanso. Iris sigue un ritmo preciso de instantes eternos:

No eres la luz sino la transparencia.

Tu desnudez es la otra cara del cristal
de la quietud.

Pero te mueves, andas
mis silencios
nuevos, tu camino
de plateado pez,
de claridad espesa,
de soledad sin horas.

                               Permaneces (13).

Dialoga concretamente con lo abstracto. El cuerpo, la desnudez, el amor, la memoria, la muerte, la belleza, el silencio. «Salgo de ti, Silencio.// Pero ¿qué cosa no?» (14). En su prosa también se mantiene esta cadencia de la música que arde y desfigura. En «Los disfraces del fuego» encontramos lo que podría ser su poética:

¿Pero decirte
no es hacer otro disfraz?

¿No es alejarte del silencio
que te preña?

El arte es un niño con ganas de correr,
disfraz alucinado,
ciego desnudo,
es la esperanza de morir de frío.

Todo poema es el brillo
de una estatua de hielo
frente al sol (33).

La brevedad le acerca a silogismos y aforismos. Podríamos conformar un decálogo de evidencias de lo intangible que nos muestran qué es la poesía, el arte, la belleza. Manuel Iris nos traslada con sus versos a una realidad vital y poética que se sostiene y se acrecienta dándole vida al Ser que logra ser el texto. Mediante palabras comunes, sin pretensiones ni estridencias, el poeta interroga la fibra que nos hace cre(c)er en el instante poético que es eterno: bulbo de la tierra que riega el agua, sudor y llanto.
            Aún hay vida en la poesía: «Nace una flor/ a los pies del ahorcado» (53). ¿No es una imagen terrible y bella? Como la música de piano, el ser humano está compuesto de teclas blancas y negras que hace vibrar quien las toca.

            En la reciente Antología de poesía yucateca contemporánea que preparó Alejandro Rejón vienen algunos poemas de Manuel Iris. Además, en el siguiente video podemos disfrutar de la lectura que el poeta dio el pasado mes en Nueva York.


Su poemario Cuadernos de los sueños (Tierra Adentro, 2009) está disponible en CloudApp.

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