domingo, 24 de septiembre de 2017

Sara Uribe

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Sara Uribe

Sara Uribe (Querétaro, 1978) es, sin duda, una de las referencias poéticas en México. Sus recientes libros Magnitud/e (Gusanos de la nada, 2012), Siam (FETA, 2012) y Antígona González (Sur+, 2012) están disponibles en el Archivo de Poesía Mexa:
            En su blog Nada es para siempre, en La Tribu, en la revista Lecturas o en PlayGround también encontramos parte de la obra de la autora que colabora con Tierra Adentro.
            Después de Lo que no imaginas (2005), Palabras más palabras menos (2006), Nunca quise detener el tiempo (2008) y Goliat (2009), Sara Uribe publica Magnitud/e (2012), en coautoría con Marco Antonio Huerta (a quien le dedica Siam) y con traducción de John Pluecker. El poemario muestra ya el compromiso social y la denuncia que, sin desatender la estética, vertebran la obra de la queretana. Hay que recordar que Manuel de Jesús Clouthier del Rincón, candidato del PAN a la Presidencia de la República, murió junto con el diputado Javier Calvo Manrique en un accidente automovilístico en 1989. La agitación política de entonces hace pensar en un atentado orquestado por el Gobierno. Esta muerte, sumada a las del Arzobispo Juan Jesús Posadas Ocampo, Colosio, Juan Camilo Mouriño Terrazo, Rodolfo Torre Cantú o José Francisco Blake Mora, inspiran textos que metaforizan los insectos y la anatomía de la especie. La magnitud de tales asesinatos contrasta con la de otras personalidades.
            ¿Es fácil matar a una mosca? El mensaje se difunde a través del lenguaje claro, cercano y sin alteraciones sintácticas o excesivas figuras retóricas (más allá de la ya mencionada alegoría entomóloga). Tales muertos dejan de ser anónimos, en parte, gracias a la labor que desde 2010 lleva a cabo el blog Menos días aquí (recuento de muertos en México), donde colabora Uribe, como lo explica Nidia Rosales Moreno en Tierra Adentro. Esta práctica de contar muertos dará pie a Antígona González.
            Siam (2012) se compone de cinco partes: «Carcasas», «Cámara oscura», «Cuadrilátero», «Siam» y «Papeles de extranjería». El monólogo de la distancia con el ser querido recrea mediante frases breves el ritmo del dolor. Los versos sangran y se desplazan, se quiebran por corchetes, cursivas y notas al pie; recursos que aluden al hecho poético y a los vacíos de significado. Así dice «Outsider»; poema, por cierto, recogido en Sombra roja:

[...]
Los otros: los nosotros
                                                               [esporádica la traslación]
                                                               esporádicas
                                                               las conversaciones
[de los años todos] [los años del ahora] [faltan registros:
[una mujer de mediana edad ha fallecido esta noche en
                un incendio] [una mujer de mediana edad es otra
                forma de advertir: él no volverá más]
faltan registros]
aún seguimos uno al lado del otro, en medium shot.
[...] (38)

Si Magnitud/e terminaba con las acepciones de la maravillosa palabra que es «colofón», en Siam encontramos los sentidos de «peregrino». Mediante estas técnicas, me parece, la poeta actualiza los convencionalismos y el conflicto que supone la ausencia de Bernardo Uribe (a quien también le dedica este libro): «Te digo que huésped en su insomnio. Que óbice y cuadrivio. / Te digo. Te digo y te repito» (45). La migración ocupa los textos finales, que de distintos modos recuerdan al desplazamiento de Gloria Gervitz, Gaëlle Le Calvez o Dolores Dorantes.
            Antígona González (Sur+, 2012) es una lectura obligada y necesaria. Recientemente se publicó con una traducción de John Pluecker (Les Figues Press, 2016). Es de los pocos poemarios del México contemporáneo que cuenta con varias ediciones. Comienza con una pregunta de Cristina Rivera Garza: «¿De qué se apropia el que se apropia?» (9). Este interrogante será el hilo conductor de una historia (la de Antígona González, personaje real) narrada mediante prosas y estrofas fragmentadas que, sin embargo, funcionan de forma autónoma, a veces como aforismos o frases lapidarias: «Una mujer intenta narrar la historia de la desaparición de su hermano menor. Este caso no salió en las noticias. No acaparó la atención de ninguna audiencia» (20). Las distintas voces ramifican la intrahistoria en boca de la propia autora, de la hermana del desaparecido, de la hija de Edipo y Yocasta (como herencia, tradición y renovación) o de los poderes fácticos: «este monólogo debe posibilitar que una única actriz asuma todos los roles» (60). La tierra de Rulfo se llena de neblina y saltos temporales. Aunque este libro fue escrito dos años antes de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa, con una redición en 2014, un breve poema recuerda o augura:

¿Dónde se halló el cadáver?
¿Se le hace normal que un autobús desaparezca y los
pasajeros muertos aparezcan en fosas? (78)

Las notas finales de esta obra explican que su origen fue una obra de teatro que encargó Sandra Muñoz. Reconoce asimismo la inspiración de Sófocles y otros referentes que conectan con la situación actual de México. Ana Franco Ortuño reseña Antígona González en el Periódico de Poesía de la UNAM con el título de «Poéticas de la negatividad»; y explica que «es una voz comunitaria (política de texto) que funciona para la memoria colectiva y codifica la mitología de una urgencia, en la que se articula la narrativa del indescriptible dolor». Sobre esta patria escribe Higashi en iMex.
            Estamos ante una poeta que trata los problemas del norte y traspasa fronteras, siendo publicada en numerosos medios internacionales. Ejemplo de ello es su reciente I never wanted to stop time, traducción de Victoria M. Contreras, (Editorial Medio Siglo, 2015). La apropiación, la intervención y la crítica son formas de cultivar los pasos de la dimensión social en la lírica mexicana.


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