domingo, 16 de febrero de 2020

Vergüenza


Vergüenza (Mantarraya Ediciones, [2017] 2018) es el primer poemario, como tal, de Martha Mega (Ciudad de México, 1991). Lo es por la idea que tenemos de libro convencional, aunque el texto que a continuación comentaremos brevemente gana sin duda con la puesta en escena de su autora.

            Pude escuchar por primera vez a la poeta y dramaturga en el Festival Internacional de Poesía y Performance Kerouac del año pasado. Desde entonces me pareció que su obra era de las que mejor se sostenía al emplear distintos lenguajes sonoros, visuales y verbales. Pese a ser diferente, dialoga con otras poéticas (como las de Diana del Ángel y Mercedes Alvarado); según se vio hace unos meses en «Tres poetas mexicanas jóvenes» del CEPE.
            En una entrevista de Marcos Daniel Aguilar para Crónica, Mega reconoce lo que apuntaba Jorge Aguilera en el encuentro poético que cerraba el párrafo anterior:

En el libro veo a las mujeres juntas como un cuerpo que está sangrando por el odio y la invisibilidad incomprensibles que hemos vivido por muchos años. Hecho que ahora es mucho más difícil, por ejemplo, en la literatura, siento que hoy la escena de la poesía mexicana está siendo liderada por mujeres menores de 40 años; las mujeres son la punta de lanza.

            Según Bárbara Colio en su blog: «No es la palabra contemplativa del que se empeña en encontrar la belleza de la destrucción, si no la reacción a gritos ante la destrucción misma. Sin filtros poéticos. Sin cadencias rebuscadas. La vida, así. La poesía, así». Sara Uribe, con quien parece tener en común la ácida reflexión sobre la poesía desde la poesía al tiempo que rompe la sintaxis por un nuevo lirismo, firma la contraportada (un artículo en América sin Nombre) y una reseña en Tierra Adentro; donde señala que:

la poesía de Mega no manifiesta un temor a la finitud, se trata más bien de un canto emitido desde la postcatástrofe, desde los escombros, las ruinas, los fierros retorcidos y el polvo que rodean a los sobrevivientes que habitan un presente derrumbado por la losa de un futuro más imposible que incierto.

Podríamos decir entonces que estamos ante una de las escasas poetas sobre lo distópico. Pese a no hablar del futuro, su grito –no estridente sino telúrico– pulsa la madre tierra, nutricia y devoradora de esta dimensión cívica que estudiamos.
            Si pensamos en las recuperaciones precolombinas y novohispanas que investiga la Universidad de Alicante a propósito de las escritoras mexicanas contemporáneas, Vergüenza no es un libro que se base en lo precolombino, pero sí repiensa el concepto de patria (barajado por Alejandro Higashi en iMex) y de identidad femenina, posthispánica, a la manera de ciertos poemas recientes de Isabel Zapata. Este es el inicio del poema titulado precisamente «Vergüenzas»:

Sobre la puerta del matadero había
un número inmenso. Era el número cinco

despiertas gritando en otras lenguas
aunque tu madre te dio de mamar hebreo
tu padre te golpeó en tzotzil
tus secretos los guardaste en árabe (7)

Y este es uno de los check o de las palomitas que confirman algo en el poema «Lovesick» sobre Tinder:

ü  un (se aceptan sugerencias) preferiría que no utilizaran artículos gramaticales con género ni ciertos sustantivos monstruo por ejemplo el español es cruel como los barbados que lo trajeron y que fueron amados a pesar de su sed enferma y yo sin ser un monstruo ni enfermo nadie me ama rasura la barba herencia de mi tata violador que mi abuelita quiso mucho (16)

Una reflexión sobre el lenguaje, a pesar de lo señalado por lingüistas de primera línea como Concepción Company, permite construir el sujeto femenino de cara, quizá, al próximo Congreso de la AEELH.
            En este sentido, las escenas que recuerda, describe o recrea la poeta mexicana beben de las que veíamos con Daniela Sol, pero sus espejismos se reflejan en un video quebrado, que no se dobla. De nuevo con libertad ante la ausencia de signos de puntuación, arranca la «Postal desde Mezote»:

me miraban como sonriendo
sin sonreír
quizás la religión también se los prohibía
como prohibía beber bailar
nunca les pregunté
desyerbaba la milpa
mientras intentaba enseñarles quebrados la historia
verdadera de la conquista de la nueva españa
me espiné la boca con las mentiras y las tunas
[...] (34)

Y es que «el camino de hormigas» (11) que tañe su pecho nos invita a pensar «cuántas vueltas al mundo ha dado el agua / de la cerveza que sirvió de excusa / para salir de la fiesta y besarte / cuántas excusas ladramos y para qué» (13). Es otro modo de cantar el amor, que diría –no tan en las antípodas– Rubén Bonifaz Nuño. Los anacolutos que en esa misma página recuerdan a Eva Castañeda o Yolanda Segura, por el quiebre sintáctico que señalábamos anteriormente, pasan por paronomasias que expresan la violencia de la primera vez que se pierde la virginidad, por parodias de la fama que hace meses nos llegaba en forma de serie con Los Fotocopiadores, hasta desembocar en «Groupie»: el mejor poema, dividido en 5 tracks.
Martha Mega es una poeta a la que no le beneficia la imprenta. Su labor merece un espacio público, su poética es la voz que no cabe en un papel. Representa con atrevimiento el vínculo del rock y la lírica con la violencia como telón de fondo. Escúchenla en voz alta:



Pueden hacerlo también en Cráneo de Pangea, Tercera Vía, Vozed o Poetas Siglo XXI.

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