domingo, 7 de octubre de 2018

Aquello que al mirarnos resucita


Aquello que al mirarnos resucita (Calygramma / Instituto Queretano de la Cultura y las Artes, 2012) es el poemario con el que Francisco Magaña (Paraíso, Tabasco, 1961) postula a la historia que refleja la literatura en sí misma.


            De vez en cuando un libro se escribe con la seguridad de que va a formar parte del canon, de que tendrá múltiples ediciones y de que será por siempre referencia básica del devenir poético. Otras, en cambio, un poemario se atreve a mirar lo menor, a jugar, a proponer, a ofrecer con humildad algo distinto. Y estas son las obras que solemos echar en falta. Así nos vemos como lectores que alguna vez, entre la poesía y la academia, retratamos. Esto último creo que lo consigue el poeta y traductor tabasqueño.
            Pese a contar con importantes reconocimientos, como el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines en 2001, Magaña experimenta con Aquello que al mirarnos resucita poemas breves que, en verso y en prosa, sostienen y focalizan el más vigente de los sentidos (contrario a lo que dirían Gilberto Owen o Vicente Quirarte). El espejo como tema da entrada a hondas reflexiones filosóficas desde fundacionales poetas de la tradición y, a la vez, da pie al humor, a la crítica, a asonancias y a recursos estilísticos que no acostumbran a copar las últimas publicaciones del género que nos interesa y que son, ahora mismo, las que más me atraen. Comparto algunas.
            En primer lugar, sorprende la estructura de la obra: dividida en partes que cualquiera atribuiría a un ensayo académico (Antecedentes, Justificación, Descripción, Objetivo…, Anexo II). El poemario arranca con un pórtico, una poética, una declaración de intenciones, titulada «Liminar»:

Escribir:
esa necesidad de duplicar
la vocación
de mirar en la página
lo que oculta la palabra (11).

El tópico de lo no dicho que veíamos, sin ir más lejos, la semana pasada con Bla, cambia la perspectiva al fijarse en Aquello…: la existencia. El estado de la cuestión es simple, que no fácil. Mirar de otro modo lo mismo, a la bonifaciana manera, implica arrestos y respuestas al vacío. Sonidos que se ven y se van en la página. Que coinciden casi simétricos. Esa variación es la lírica. Entre el inicio y el fin está la vida. Entre alfa y omega, la palabra: «Entre los dos / queda algo flotando / acaso lo que no quisiéramos ver / ocaso lo que sí» (25). La paronomasia va de la mano de otra técnica que plasma directamente el doppelgänger, el otro diálogo: «‒¿Un espejo ciego es la palabra ausente del ayer? / ‒La ausencia es la palabra del espejo» (36). La ausencia de este tipo de divagaciones que van de lo culto a lo oculto unen las corrientes estéticas que han ido protagonizando los binomios, no tan distantes, de Octavio Paz y Jaime Sabines o José Emilio Pacheco y Gerardo Deniz o Coral Bracho y Xitlalitl Rodríguez Mendoza. Las dos caras de la expresión, la intelectual y la humorística (teniendo en cuenta a Hipócrates) provocan la simbiosis, por fin, ordinaria. Forman parte del mismo prisma: «Ojos que no ven / con razón que se siente» (55). Los sentidos se multiplican en la variación de expresiones populares que se ligan en el siglo xxi con mensajes publicitarios que pudo repensar Francisco Hernández, representante del poema de máscara y del desdoblamiento que cultiva Magaña. Al veracruzano le dedica el tabasqueño uno de los últimos poemas, «Viaje»; en tres partes, esta es la primera:

I

El tiempo acaba de pasar y deja
una sílaba, un murmullo
deja en el espacio habitante
del milagro que hizo tu abrazo

No hay nadie más: sólo nosotros
inventando (66).

Las coordenadas espacio-temporales confluyen en endecasílabos y octosílabos que murmuran el origen de la imagen. Esta pertenece a lo singular, en todas sus formas; herederas de quienes, a modo de bibliografía, desde San Agustín a Rilke, concluyen «Fragmentos a su espejo» (73-74).



            No hay duda. La literatura se proyecta en las pequeñas cosas. Consigan Aquello que al mirarnos resucita. Lean a Francisco Magaña. Yo lo hice gracias a Conrado J. Arranz.

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