sábado, 15 de agosto de 2020

Yolanda Segura

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Yolanda Segura (Querétaro, 1989) está presente en el archivo de Poesía Mexa con dos de sus cuatro poemarios, los centrales: o reguero de hormigas (Secretaría de Cultura, 2016) y estancias que por ahora tienen luz y se abren hacia el paisaje (Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León, 2018), muestras de cómo se puede tratar el tema de la violencia más allá de los lugares comunes o de la tradición del grito irracional.

            Recuerdo que en el V Coloquio de Poesía Mexicana Contemporánea, celebrado en El Colegio de San Luis a mediados de 2017, Segura habló de «montaje, territorio y subjetividades en tres poemarios mexicanos recientes». Me impactó su energía para ser tan activa en el plano académico, sin desatender su poesía. Luego la vi desarrollar el tema que partió del Coloquio 50 años Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes, en CIELA Fraguas, «Treinta veces, ocho escritoras: mujeres y tres premios de poesía en la última década», presentado en el XXIV Congreso de Literatura Mexicana Contemporánea, en The University of Texas at El Paso. Allá, el año pasado, estaba Sara Uribe, con quien habló Yolanda Segura, para Bitácora de vuelos, en torno a algunos temas que ahora me gustaría apuntar aquí, teniendo en cuenta los temas del cuerpo y la política que señalaba Uribe a propósito de Segura en su artículo «“Una vez fui el futuro de todos”: cuerpo, violencia, desmontaje y resistencia entres muy jóvenes poetas mexicanas».

            o reguero de hormigas, disponible también en el blog de su autora, es su segundo libro, tras Todo lo que vive es una zona de pasaje (Frac de Medusas, 2016). La sangre es el foco de esta historia que se narra mediante lúcidos mensajes que van disponiéndose de distintos modos, cual reguero, en la página. Hormigas negras (palabras) contrastan con el blanco (puro y objetivo) de la página a partir del color rojo: «peligro», «emergencia», «revolución», alarma y reivindicación. Se empieza ya a cuestionar la enunciación como sociología, la pone patas arriba desde la página 16:


Los espacios son fundamentales en diseños de edición que continuarán en sus posteriores trabajos. Me parece que esa es una de las claves. El atrevimiento y la frescura de su poética se valen de una vuelta de tuerca para cuestionar desde el sujeto poético cómo estamos entendiendo el mundo (del que hablará en el video que cierra esta nota). Pienso en Mariana Navarro y sus «Décimas acrósticas a Fernando VI», según Alicia Ramírez; pues en el siglo xviii, con este poema visual, la poeta obligó a girar la cabeza al jurado masculino de un premio literario.
            El lenguaje deja de ser verbal, la violencia opera de otras muchas formas. Por la imagen, nos dice a continuación como periodista o ensayista en este poemario: «La necesidad de provocar emoción en las historias continuó hasta el siglo xx, la introducción de la fotografía en el periodismo cambió tanto a la ilustración como al texto de las historias; las fotografías (especialmente las sangrientas) dominaron las páginas y hubo una disminución del /                    texto» (17). Esta última palabra se sangra y por el morbo de la imagen nos viene a la cabeza el fotógrafo Enrique Metinides, cuyo documental se encuentra disponible en el Festival Internacional de Cine de Morelia.
            El amarillismo y la nota roja están muy cerca del cuerpo, de la agresión, también física. Se establece en o reguero de hormigas una poética del color. Tales insectos, casi inapreciables, sinuosos pero gregarios, dejan y siguen continuamente el rastro doméstico. Ese ambiente de la cotidianeidad permite lo tradicionalmente negado a la vista. Como ocurrirá con persona, se cuestiona, se repiensa, lo que entendemos cuando decimos «periodo» (22). Y entonces siento que el tabú sobre la regla (curiosa denominación, pienso ahora; o reguero, en portugués) permite nuevas vías para la expresión hasta propuestas, también visuales, que lleva a cabo Sheila Lumen en #Menstrualart.
            El mapa al que se alude varias veces en estas páginas no es fácil de trazar; por ello las hormigas, las gotas de sangre, las voces, no siempre siguen el mismo camino. Noticias o testimonios se resuelven en versos incisivos que velan con el lenguaje, en este caso, de la tachadura que no lo olvidemos no borra sino marca:

mentiste.

como      siempre

no había

nadie (57).

La sintaxis se repite y se quiebra. Copa, vagina, menstruación, tampones, sangre son términos que, dependiendo del contexto, no se dicen (64), no se comparten públicamente. Se sugieren. Y ahí está la fuerza. Un poema no es político por escribirlo sino por compartirlo, públicamente, como continuidad. El mapa nos lleva a expresarnos en inglés porque es otra lengua, en contacto con Estados Unidos, del mismo modo que empleamos el portugués en español. La distancia también remite a cuerpos que verbalizan el dolor, violencia, fisura, frontera:


Una hilera de hormigas negras se pierde en una grieta; último verso que destaca, paradójicamente, en minúsculas.
            Con motivo de este libro, Elías David entrevistó a la queretana en Suburbano: «me gusta la idea de pensar esa sangre como sangre de vida, en oposición a la sangre de muerte que sucede en el mundo, en este país en concreto, todos los días. Por eso quise también hacer ese enlace, mostrar que las noticias que leemos, que escuchamos, también se convierten en parte de nuestro cuerpo». Con tino, un par de años antes de que se publicara persona, Elías David le lanzó un par de términos para que Yolanda Segura respondiera a ellos con los que le vinieran a la mente. Esta fue la cadena: «Hombre. / Persona. // Mujer. / Persona. // Persona. / Cuidado, vulnerabilidad».
            Es posible leer parte de este poemario en Transtierros; así como seguir otros textos de la poeta y académica en Tierra Adentro. De su penúltimo poemario, presente en el archivo de Poesía Mexa, hay algunos fragmentos en Este País.
            estancias que por ahora tienen luz y se abren hacia el paisaje comienza con una página que demuestra ese continuum y la fuerza visual de lo que ofrece Yolanda Segura desde diversos sujetos, sin necesidad de explicar, pues su experimentalidad se sostiene porque se basa en una serie de recursos y lecturas que sirven de andamio, invisible, para mostrar únicamente el poema:


Imagine meandros, imagine que la realidad no es cómo pensábamos. ¿Qué ocurriría si leyéramos ahora a Rosario Castellanos en «Kinsey Report»? ¿Y si volviéramos a hacer el test? Ante la gravedad de la violencia no se pierde, sin embargo, el humor; por ejemplo, en estas posibles respuestas:


            Por las marchas feministas, el cuestionamiento de la imposición de género en la ropa, una actualización de «dos Penélopes / que no esperan / a nadie» (43), una duda sobre la inclinación sexual de sor Juana que también plantea Francia Perales, la disidencia sexual entre acto estético o polítco, la ruptura de los límites, contra los muros, y por otras muchas razones, estancias que por ahora tienen luz y se abren hacia el paisaje mereció el Premio Nacional de Poesía Carmen Alardín 2018, con un jurado que integraron Luigi Amara, Luis Felipe Fabre y Benjamín Valdivia.
            A partir de su último libro publicado, persona (2019), del que hablamos hace unos meses, compartió algunas ideas en la reciente Feria Internacional del Libro de Guadalajara, donde presento este poemario con Margo Glantz.



            Tanto por lo que dice, como por cómo lo hace, con coherencia, Yolanda Segura es una de las personas que sin duda están marcando la poesía mexicana contemporánea. Pueden escucharla el 5 de septiembre, con Elizabeth Duval y Susana Pagano, en Hay Festival Querétaro.

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