domingo, 17 de diciembre de 2017

Diana Garza Islas

Imagen del Archivo de Poesía Mexa
Aleph es una palabra, otro más:
Diana Garza Islas

Diana Garza Islas (Santiago, Nuevo León, 1985) es autora del manifiesto-vademécum-centaurón: La czarigüeya escribe (Analfabeta, 2014; junto a Sergio Ernesto Ríos), de Caja negra que se llame como a mí (Bonobos, 2015), Adiós y buenas tardes, Condesita Quitanieve (El Palacio de la Fatalidad, 2015) y del Catálogo razonado de alambremaderitas para hembra con monóculo y posible calavera (Conarte, 2017); disponibles, salvo este último (que está en la web de la autora), en el bendito Archivo de Poesía Mexa.

            En su página, Las cosas que Ruiti me contó, encontramos enlaces a sus publicaciones digitales en Letras Libres, Punto de Partida, México City Lit (en edición bilingüe), Luvina, Transtierros, Eterna Cadencia, Jámpster, El Humo, Tachas o Pájaros Lanzallamas. La activa y multidimensional Diana Garza Islas ha sido definida como steampunk por Javier Raya en Pijama Surf. Estaríamos, por tanto, ante uno de los escasos ejemplos de poesía utópica, dentro de las formas (y ahora también los temas) experimentales.
            La czarigüeya escribe (2014) burla lo clásico con el merodeo de un animal que desacraliza la poesía. ¿Qué ocurriría si las jarchas fueran obra de una zarigüeya? ¿Seguirían siendo las primeras manifestaciones literarias en español? ¿Lo surreal es emblemático? La intertextualidad a veces cambia lo sempiterno: «Que no engañe a nadie Octavio Paz, la primera estrofa de “Piedra de sol” describe el movimiento de una czarigüeya montada en un monociclo» (34). Un año antes de este libro Jorge Humberto Chávez ganó el Premio Aguascalientes con Te diría que fuéramos al río Bravo a llorar pero debes saber que ya no hay río ni llanto, ahora bien: «Te diría que fuéramos con las czarigüeyas a llorar pero debes saber que ya no hay czarigüeyas ni czarigüeyas» (37). La fragmentariedad, según veremos, es una de las características de la neoleonesa. Sus mensajes breves, sus elipsis, su humor, perfectamente podrían haber visto la luz previamente en las redes sociales, ¿como tuiteratura? La edad de Cristo conecta el exordio con el epílogo, estructura tripartita de la poética de dos poetas con una poética clara: lo oscuro. ¿Qué relación tiene este poemario con Momento de simetría (1973), de Arturo Carrera? El tiempo y el espacio. Diana Garza Islas parodia la tradición en boca de un mamífero ratero. Representa, pues, la ironía de la crónica un género que cultiva con Sergio Ernesto Ríos (de quien hablaremos el próximo año).
            Caja negra que se llame como a mí (2015) se encuadra en seis lados: «Caja que es también una caja de hielo», «Caja de flechas quemar», «Caja para rotular lo bebible de una manzana con cuerpo de vidrio», «Caja a dibujarse con una caja dentro», «Caja que soñó con hélices láctea» y «Caja de miel (ejemplo)». Esta última caja lunaria parte de un epígrafe inicial de Ruiti, quien (como pretérita amiga invisible o continua inspiración) le cuenta lo que la poeta transcribe. Así pues, estas cajas podríamos entenderlas como los afectos personales que se mudan sobreviviendo al golpe del lenguaje que (se) reinventa/revientan. Y es que realmente estamos ante pequeños versos sólidos salidos del brillo almacenado: «Oro no es mi cuerpo si alhóndiga una sal me dibuja hormiga / en mi cuerpo que no tuve» (23). La cursiva es de la autora (o de Ruiti). El tono, el ritmo, el metro, la rima, dupla, la cadencia son de una voz por todas. Aquí se compaginan mensajes breves, pero también sentencias, prosas o experiencias del verso libre. Así empieza, por ejemplo, la «Sección de adoradores nocturnos», en la tercera parte, «1. Vadodetol»:

Decir antelacustre
impala donde la hay y luz así no inquiere.
Dije a mí, y de qué calaña.
Árbol fue, o así epitafio.
Optando, punto a punto y cada palmo
uña-andamiaje, prez calcante

a lo través.

O era un macaco, lente oscuro
algo azul en soles verdes: Luna Armadilla
¿dije a lo lejos?


                                               —envainándose—

en la caja, oh musical, donde vértigos-postigos
ciclo o pez multiplicando.

(Si ave o pez multiplicando me legaran
Dido o Una, a mí sea.)

Y pértigas al pie su cuyo anzuelo
acariciar. (65)

La poeta verbaliza las pruebas de lo que fue. Distintas dimensiones de lo real y lo sensorial se dan cita en las discontinuidades neurológicas que transitamos como hormigas. Prueba de ello es el diccionario que cierra y explica este libro: «Ruiti. Véase Ruiti.» (134).
            Adiós y buenas tardes, Condesita Quitanieve (2015) crea un mundo que nos creemos nuevamente por la agilidad del lenguaje, los paralelismos, la yuxtaposición antropológica: «¡Ser feo es un acto verdaderamente revolucionario!» (4). El que para Sergio Ernesto Ríos es el mejor libro de Diana nos confirma que en ella se encuentran burlas, crítica, memoria, emociones, cuento, ensayo, teatro y poesía. Su precisión ahonda en la nieve que es vacío desbordante. Parte de esta obra conformará su siguiente poemario.
            Catálogo razonado de alambremaderitas para hembra con monóculo y posible calavera (2017), su trabajo más reciente, consolida los símbolos que han ido apareciendo en cajas por orden y con cierto grado de encanto. Siete son los pasos para completar la lectura, la creación del mundo: «Sinónimos Probables de la Palabra Sololoy», «Cuerpos Arenáceos Cubiertos de Aluminio [Dimensiones Variables]», «Corte Imperio», «Breve Descripción de la Historia del Mundo», «Piezas Descartadas», «Información Adicional Sobre Coloraciones en el Hielo», «Manual de Montaje». El índice ya es un poema. El corazón, una trampa. Al inicio de cada escena el texto parte de una imagen de una caja de fotografías de personas y de objetos; todos, con vida. Así lo muestra la nota final: «Este libro está basado en los ensamblajes de Carlos Ballester Franzoni, que tienen referencia a su vez en la tradición de las cajas parlantes de Soyaló, Chiapas: mediadoras de voces, sanadoras y guías de la rebelión» (96). Este libro acaba de recibir el Premio Carmen Alardín, cuyo jurado estuvo formado por Armando González Torres, Carla Faesler y León Plascencia Ñol.




            Diana Garza Islas proyecta la lengua de un animal zancudo que esquiva la tierra porque prefiere lo que fluye y se mueve y permea de negro sobre fondo amarillo.

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