sábado, 2 de diciembre de 2017

Esther M. García

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¿Cómo se nombra a una madre?
Esther M. García

Esther M. García (Ciudad Juárez, Chihuahua, 1987) es una de las voces poéticas con más fuerza y profundidad de México. Aunque en este blog ya hablamos de su Bitácora de mujeres extrañas (2014), ahora nos detenemos en el Archivo de Poesía Mexa que venimos siguiendo. En este catálogo abierto y digital se encuentran La doncella negra (La Regia Cartonera, 2010) y Sicarii (El Quirófano Ediciones, 2013, Ecuador; IMCS, 2014). Además, nos fijaremos en su último libro: Mamá es un animal negro que va de largo por las alcobas blancas (UAEM, 2017).

            Forma parte de numerosas antologías y recopilaciones digitales. La podemos encontrar en la revista El Humo o en Bitácora de vuelos; así como en la antología que le editó la Secretaría de Cultura de Coahuila: La piel del animal acorralado (2014), disponible en ISSUU. Hace unos meses sobrevivió a un feminicidio. El triste hecho lo recogen PlayGround u Oculta. En su obra, la poeta logra verbalizar el dolor que recogen las muestras más recientes, entre las que destaca la antología (descargable) Parkour pop.ético (o cómo saltar las bardas hacia el poema).
            La doncella negra (2010) se compone de seis partes: «Ojos de niño», «La doncella negra», «Eros», «La Galería», «Lugares para habitar» y «Entropía». El futuro de la criatura que engendramos depende de unas decisiones que se unen, en prosa o en verso, sin puntuación y con una natural fluidez del verbo: «Mi dedo índice decide el destino de la hormiga» (11). Implícitamente hay una defensa del feminismo que tan necesariamente se va haciendo hueco en la lírica de un estado machista. La gestación provoca un sufrimiento que urge expresar. La figura paterna tiene su peso en el poema «Abandono», cuya pequeñez frágil carga y vuela. Así dicen unos versos centrales, justificados a la derecha:

[…]
Entre él y yo
hay silencios de arañas
tejidos por el tiempo circular

Entre él y yo
hay abismos de mariposas negras que
revolotean incesantemente por toda la casa
[…] (16)

Como vemos, los temas oscuros y los símbolos entomólogos de Esther M. García se despliegan ya en su primer poemario. El recuento de la memoria que hormiguea aún en el estómago conforma imágenes tan certeras como hondas, a modo de bitácora. Existe un tono melódico en los versos cortos y sonoros; lo cual, me parece, resta dramatismo y afianza la verosimilitud. Lejos de los ripios asonantes, las cursivas recogen fielmente las citas anónimas o literarias de lo que ya hemos definido en alguna ocasión como sociudad.
            La poeta, como Joel Plata, se dirige «a los olvidados en Torreón» (20). El lenguaje, la familia, la música, el silencio (2014: 52), la verticalidad, los números primos, la atracción sexual, la sororidad, lo pictórico, el deseo o un poema que se repite («[I love the streets]») hilvanan la paradoja de una mujer virgen criada para dar (a) luz. Los poemas se sostienen de manera independiente, son autónomos; sin embargo, no creo que estemos ante un libro de poemas, sino ante un poemario. El tema se conecta, se despliega, se afianza. Por ejemplo, los textos que parten de las pinturas de Frida Kahlo llegan a la penúltima parte, los lugares para habitar. La niñez, pues, se aproxima cual petirrojo a nuestro espacio despojado a tiempo. El hecho de que La doncella negra se publique en una editorial cartonera nos hace pensar en la metaliteratura del poema «[Caja de Cartón]»; al final: «Esta caja de cartón es mi vivienda» (64). Me parece que el último poema de este libro es la base de su poética:

HAY ARAÑAS EN EL CIELO BLANCO
acariciando,
con el suave terciopelo de sus patas
su sangre que se convierte en veneno
Trepan l e n t a m e n t e por las venas
hasta llegar a los ojos volviéndolo ciego.

A veces no importa la hora que sea
oye la voz de mamá
que es un MONSTRUO albo y limpio
acariciándole los miedos
que tontamente se asoman a saludarla.

Ella
d              s              r              z
e              t              o             a
todo con sus palabras

CISMA
erupción de vísceras
lengua bífida de demonio acariciando las entrañas
Manos de agua
Contracción de músculos en piedra
Pupila gelatinosa de leche dilatada


Así se siente la palabra madre
y lo que ella escupe
de su tierna boca
hacia él

Así la peluda palabra
caminando por el techo
ocho patas            miles de ojos
invadiéndolo todo
convirtiéndose en CAOS (72-73)

Sicarii (2014) se abre con una presentación de Isidro López Villarreal, Presidente Municipal de Saltillo, 2014-2017: «En Saltillo no aspiramos a cambiar al mundo, basta con cambiar a Saltillo. Apoyados en la lectura, en los libros y en la cultura […]» (5). Asimismo, José Palacios Ortiz, Director General del Instituto Municipal de Cultura de Saltillo, da la bienvenida a esta obra que bebe del apoyo saltillense por la cultura. Más necesarias resultan las palabras de Esther M. García a la entrada de Sicarii: «La historia que se presenta aquí, en estos versos, no es más que el reflejo cotidiano de un México cada vez más decadente. Es la vida de cualquier niño abandonado y en la pobreza que busca su propio camino cuando los demás ya lo han olvidado» (10). Otra parte importante para ver el trabajo que la literatura viene haciendo por la política del lugar que habitamos es la nota periodística «Condenan a niño sicario a tres años de prisión» (11). La poeta va al origen de los asesinos asalariados. La poesía es investigación, testimonio, purga; según veíamos con Daniela Sol. La voz «narradora» es de un niño «educado» para matar. Es difícil distinguir la ficción.
Estamos ante una escritora que también es fotógrafa. Además, estudia la obra de Andreas Justinus Kerner, médico y poeta alemán, autor de Kleksographien (1857) («Klecksografías» en español). De ello da buena cuenta la poeta en la reseña del libro de Maurizio Medo «Manicomio o la poesía como mancha oscura», publicada en Vallejo & Company:

La mancha constituye un estímulo óptico activando imágenes que son proyectadas de vuelta a las manchas y ésta es la médula de un poema: la función de espejo, de estímulo que nos hace traer a la superficie a ese otro que se esconde debajo de nuestra piel, condenado a la locura, al dolor, a la desesperación.

Pág. 77
Su reflexión al respecto explica el proceso que lleva a cabo en Sicarii. Un niño con los ojos hinchados nos mira. ¿Qué vemos? Sus lágrimas llegan a la boca, llagan la herida de sal. Acaba la parte llamada «Killer Childhood» y el uso del inglés no es casual. Ahora viene la serie de poemas, también breves, que en latín, en genitivo o en plural da título al libro. Y es que, recordemos: «homo homini lupus». Esta imagen será analizada a lo largo del poemario, ahora sin títulos, con números romanos. La tercera parte es «4 cabezas (casa de seguridad)». La descripción nuevamente es ágil y terrible. El tema (la violencia) y la forma (automática) vinculan la poesía con el cine. Un guion cuyas acotaciones suenan en la cabeza creciente de los más pequeños. En cuarto lugar, «Intermedio» cuestiona lo que vemos para, finalmente, cultivar «l´écriture de la douleur» con un «Abecedario de la muerte». Cada letra es un personaje, real o imaginado, como el futuro de Bitácora de mujeres extrañas: «C es por Cecilia a quien colgarán del puente, como a una delgada piñata, sosteniendo una sucia pancarta» (84). Tales «epitafios» auguran lo peor si no cambiamos. La literatura permite esto último. Doy fe: leer tales versos, en España, una tarde de 2017, en grupo, en una  «Tertulia literaria: entre ayer y hoy», provoca primero un silencio y después una irrefrenable desazón por la situación del norte de México. Cabe destacar el «soundtrack de esta historia» que la propia autora incluye como complemento o inspiración de las lecturas paralelas que aprendimos de Octavio Paz o la ligazón a la tierra que canta Calle 13.
            Mamá es un animal negro que va de largo por las alcobas blancas (2017) mereció el Premio Internacional de Poesía Gilberto Owen Estrada, con un jurado integrado por Julia Santibáñez, Lucía Rivadeneyra y Alfredo Fressia. La edición final está disponible en el Repositorio Institucional de la Universidad Autónoma del Estado de México. Estos días (pese a la ausencia de la autora) se presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. De nuevo el color oscuro, o la ausencia de luz, contrasta con la blancura de la página. Más allá de juicios maniqueos, la poética está llena de matices en torno al estómago, donde se gesta el mensaje que llega a la boca sin ser visceral pero sí entrañable, en el peor sentido del término, que es inicio.
            El título se debe a María Auxiliadora Álvarez, autora del epígrafe que da pie al poemario de Esther Monserrat García: «Mamá es un animal negro / manso / extenso / [...] es un espacio oscuro / que recorro con la lengua» (9). Seis partes sostienen una obra, como dice Santibáñez, impecable: «Tarantismo (episodios histéricos)», «Taxonomía», «Especies de tarántulas», «Tracey Emin dibuja arañas», «Madre dice que hay habitaciones cerradas con llave dentro de cada mujer» y «La enllagada (Viacrucis herpético)». Alfredo Barrera Baca, rector de la Universidad Autónoma del Estado de México (donde estudió Gilberto Owen Estrada) presenta la obra con una finalidad que, por supuesto, compartimos: «Deseamos que la voz poética de esta obra sea escuchada muy lejos en la geografía y muy cerca, en el corazón de los lectores, y que su autora siga arraigando ciudadanía en la República de las Letras» (12). Y es que, la ciudadanía se transforma en insectos (hormigas, mariposas y arañas) que recorren lugares asolados por la violencia de hijas que son madres. Julia Santibáñez firma el prólogo, «Inventar zonas de realidad». La también poeta mexicana reconoce que «elige el asunto muy transitado de la maternidad y lo hace desde palabras que visten ropas nuevas, con imágenes que se empecinan en reinventarse e iluminar así los muchos matices demandados por el tema» (13); tema que reseña Heber Sidney Quijano en Lector 24.
            El tarantismo es un episodio de histeria y convulsión que, según Giuseppe María Carusi, afecta principalmente a las mujeres; como Alexandra Tobías o Galina Ryabkove, protagonistas de los poemas que abren el libro. El caos (aquí el ordenador sabe más) de Tobías, por ejemplo, muestra la agitación de una madre que declara en el juicio por matar a su bebé. Al parecer, este interrumpió una partida en la aplicación «Farmville» de Facebook. Así empieza el poema: «Preferiría cuidar de un tomate virtual / que a mi hijo / Nueve meses de engordamiento y mareos / fueron suficientes para mí» (25). ¿Por qué hay que ser madre? ¿Qué significa? ¿Dónde queda la soledad? ¿Se es feliz? Los temas tan manidos cobran ahora el fresco pero pútrido aliento del monstruo interno que «[l]a noche engrillece» (30). Dar a luz es sacar de lo oscuro un futuro negro. Este es el final del poema (breve) titulado «Fedra Fascciolo y la fiebre filial»:

[…]
Quiero tener un hijo
Quiero crear desde mi entraña
Sacar de mi ovillo interior toda la seda
tejer telarañas como sistemas linfáticos
nerviosos ágneos músculos albinos huesos
Quiero esculpir en la oscuridad
las sílabas sangrantes de tu nombre (31)

La taxonomía da nombre a los matices y nexos taránticos. La poesía sigue el fino hilo que llega al ombligo seco de la luna «de llagarme a la vida nueva» (39). A continuación, nos encontramos con pacientes que se recuperan en el hospital. Han sido madres o han dejado de serlo enseguida. Las imágenes son tan desagradables como naturales. No hay morbo. Domestica un crimen. Sin embargo, es una reivindicación de la figura materna. Defiende, ensalza, a quien procrea. La poeta y madre se encierra en una jaula «octángula» (56), en el siglo xxi, con un conflicto inherente a los seres vivos. El atrevimiento logra una obra necesaria, sin aspavientos, con el talento de quien escribe tras leer y sentir en lo más profundo. Violaciones, pornografía, estigmatización, poética: la sintaxis acaba de unir los cabos sueltos:

No hay palabras
hay espinas
No hay oraciones
hay hilos enredados en la tráquea
Una aglomeración de
palabras blancas
cubren de pus
mi laringe
El lenguaje no cura
es la enfermedad (85)

El ojo que todo lo ve, si Dios existe, está entre las piernas. De nada sirve seguir comentando un libro que hay que leer y sentir por él mismo; por ella, única y plural.
            Hace unos meses, junto a Odette Alonso, la entrevistaron en la UAEM con motivo de su reciente galardón.



            Parece que está preparando una novela. Estemos atentos a la poeta de Saltillo (Coahuila); lugar que acaba de atraer a su también admirada Ana Isabel Conejo Alonso.
La autora de Mamá es un animal negro que va de largo por las alcobas blancas compartía en Facebook la siguiente reflexión.

Esther M. Garcia
15 de noviembre a las 12:16

Me preguntaba una chica hermosa qué era la poesía para mí y le dije que la poesía era la imagen de mi hermana bailando entre la oscuridad de la cocina, mientras yo la miraba escondida bajo la cama para que mi papá no me golpeara. Éramos pobres, llegamos de Ciudad Juárez sin nada. De tenerlo todo pasamos a convivir con ratones y cucarachas, sin tener agua por semanas. Mi hermana mayor nunca sonreía. Sólo la veía llorar, con muecas de desagrado. Una tarde creyó que estaba sola en la casa pero yo estaba oculta bajo la cama de mamá. Ella puso música y bailó, y cantó, creyendo que nadie la veía. Yo debajo de la cama, oculta, veía su silueta moverse entre el haz de luz que se colaba por la cortina y la bañaba de luz mientras ella sonreía y cantaba. Fue una de mis primeras epifanías. Estaba en el corazón de la luz y la poesía era blanca, pura y me sonreía, a mí. La rata entre las ratas, la diosa blanca venerada por las cucarachas.
Gracias por recordarme este fragmento de mi vida, Elena Anníbali.


Esther M. García, por su entrega, por su oficio, por su expresión sincera o por su inteligencia sensible es parte indisoluble (sí, férrea) de la poesía mexicana contemporánea.

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