domingo, 8 de septiembre de 2019

Barranca

Crecí en este baldío a la sombra de mi abuela
y ante el fulgor suicida de mi madre.

Diana del Ángel, «Caracol de tierra» (47)

Barranca (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2018) es el reciente poemario de Diana del Ángel (Ciudad de México, 1982): el testimonio que cual entomóloga construye con las piezas deshabitadas, parapetos ante la realidad.

            El también poeta mexicano Iván Cruz Osorio, editor de Malpaís, fue claro hace unos meses en Puebla; pues decía que lo más sugerente ahora mismo en la lírica del país lo estaban haciendo las mujeres. Y señaló sin duda Barranca como uno de los últimos libros que más lo habían zarandeado.
            Las también poetas mexicanas Andrea Rivas y Adriana Ventura se detienen de igual manera en Barranca. En primer lugar, Rivas lo reseña en Tierra Adentro «más que como un objeto de estudio, como un sujeto: complejo, de múltiples voces, traumas, obsesiones, deseos y, sobre todo, con alma»; mientras que Ventura publica en Liberoamérica «La exploración del cuerpo en dos poetas mexicanas contemporáneas». Ellas son Diana del Ángel y Julieta Gamboa: «un cuerpo cuya carne fue expuesta, pero también un cuerpo al que se regresa para tratar de sanar con la voz».
            Este libro se abre con dos dedicatorias que explican el quiebre del despeñadero de la madre tierra: la familia y el maestro Antonio Deltoro. De ellos surgen, de alguna manera, las decenas de poemas que se integran en un libro estructurado implícitamente en cuatro partes: infancia en poemas breves, un relato en prosa, una serie de escenas de mayor aliento que configuran la identidad humana y natural, así como un instante poético que generalmente va en forma de haiku. La tradición se recupera mediante el extrañamiento, del que hablaba Rivas; destacando la canción, un género que en la poesía mexicana contemporánea supone un riesgo que con naturalidad, talento y oído por el cuerpo, pensando en Ventura, supera del Ángel. Elementos comunes marcan el ritmo del poemario: la hierba, la niñez, los insectos o el amor ante la violencia. La capacidad de nombrar lo específico, la intrahistoria, explica de manera inductiva la realidad, el presente. En ese sentido resulta autobiográfico el poema que va de la segunda a la primera persona:

[…]
Recordé todo lo que había oído de ti
desde que nos perdimos en la barranca;
de tu corazón de ajenjo; de tu hija,
para quien elegiste el nombre de una diosa.

Me habría gustado contarte
que descubrí no mi nombre,
sino mi voz,
y que sin el dolor de la barranca
me faltarían fuerza y palabras para decir.
Quise nombrarte y traerte de nuevo
como eras aquellas tardes,
pero también he perdido tu nombre (23).

La remembranza construye al padre en su «corazón de ajenjo» por la incapacidad de verbalizar el nombre. El tacto de la mamá y la abuela ya está solo en la memoria de versos límpidos, claros; cuya sintaxis recoge el dolor mediante el coloquio unipersonal a la manera hernandiana de esos ojos, que no son ojos, sino dos hormigueros solitarios: «hay segundos de lentísima tristeza, / como hormigueros de lágrimas» (33). La comparación fluye sin aspavientos ni artificios que chirríen, lo cual seguramente se logra después de un complejo y dilatado proceso de escritura del que, maduro, no se atisban los andamios.
            Ejemplo de la maestría con la que se engarzan los textos con su hilo conductor (el barro que nos forma) es el contraste que aparentemente existe entre la fragilidad del sujeto poético en la brutalidad que nos golpea con «Pensamientos de una muchacha en el Estado de México» (38) y la esperanza, la luz, que todavía existe con el ser que fue crisálida en «Pequeña antorcha (Eueides heliconius)»:

Hojas doradas
tu vuelo y mi latido
pulso de otoño (39).

Pues sí, es cierto eso de que el vuelo de una mariposa puede cambiar el mundo. La escritura y la lectura de este poema lo posibilitan. La fauna y la flora se mimetizan ante la grieta. Fértiles resultan, ahora sí, la sístole y la diástole de la imagen detenida, efímera del arte, tras la amenaza de la caída, del paso del tiempo. El nombre latino recuerda el origen. Se reivindica el cuerpo como contenido y no como el continente del poema «Inoportuna», que continuará en casos como el de Jimena González en Periódico de Poesía.
            En otras ocasiones la presencia originaria se centra en símbolos como el colibrí que dibujaba Roberto López Moreno. Diana del Ángel se vale para ello del náhuatl que tanto conoce: «Te nombro / y tú no vienes, / chupamirto, / picaflor, / huitzitzili, / chuparrosa, / tzintzuni; / nombres, nombres, / y ninguno te aprehende […]» (56). Es la necesidad y el límite de la lengua. El fondo de cada término es tan rico que apenas podemos esbozar un sentido si nos detenemos en, pongamos por caso, el caracol que, entre otros poemas, simboliza el titulado «Cáscara»:

Caracol vacío
nostalgia de un cuerpo blando.

Cascarón de aire donde mi cuerpo…

¿Dónde?

Palabras que esperan
habitar habitadas
esta casa (64).

En escasos versos se establece una conexión con el origen del término y las interpretaciones que ha tenido a lo largo de la historia y de la literatura: un tlaconete (caracol de tierra, según el Diccionario de mexicanismos), vinculado con la baba de infantes que gatean, según Carlos Montemayor, con el surrealismo, para Octavio Paz, y con el canto salino para Vicente Quirarte. Es parte de la dimensión cívica en la poesía mexicana contemporánea. Tales hilos mostrados en Barranca son retomados por la capacidad de Diana del Ángel para transmitir y cuidar la estructura del texto (como continente y contenido). Así lo muestra con tríadas en el último poema, «Vestigios»: «[…] sólo el polvo será la lengua que nos llame desde abajo» (72).
            Meses después de que lo leyera por primera vez, y de que me noqueara como a Cruz, me viene a la memoria aquella tarde en la capital de México en que me dejé llevar por el sur de la ciudad hasta el punto de enmudecer con la parada de metro Barranca del Muerto. Seguramente esta anécdota nimia no tiene más punto en común con la extraordinaria obra que el sustantivo. Ahora bien, en ambas situaciones, en el recuerdo, en la caminata y en la lectura, confluye el vértigo que se hace tacto del barro que suena y cuece en cada uno de los versos de Diana del Ángel.
            Ya vimos Vasija (2012) y Procesos de la noche (2017). Atrévanse. Aquí tienen un adelanto de Barranca.

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