domingo, 21 de junio de 2020

Debe ser ya noviembre


Debe ser ya noviembre (Cuadrivio / Fondo Regional para la Cultura y las Artes del Noreste, 2019) es el reciente poemario de Luis Aguilar (Tamaulipas, 1969): una manifestación del amor y el dolor que se sintió en los ochenta debido a la transmisión del VIH. Sobra decir que, cuarenta años después, por el contexto de otro virus su lectura nos hace repensar los caminos que abre la lírica para expresar lo que provoca el contagio en un fondo social en el que se entrecruzan referencias básicas para la poesía mexicana contemporánea.

            Leí a Aguilar por Daniel Téllez, que me lo recomendó cuando el año pasado empecé a trabajar el homoerotismo. Además de este tema y del influjo de Abigael Bohórquez, el tamaulipeco ofrece algunas marcas que nos permiten articular el diálogo con la dimensión cívica a la que venimos atendiendo: la habitabilidad ante el caos y la catástrofe social y urbana (21), respectivamente.
            Como decíamos, el también norteño Bohórquez es una clave para entender ese lenguaje que va articulando Aguilar no solo con neologismos (13-14) sino con un ritmo (a veces en verso, otras en prosa) que recoge la coloquialidad en un monólogo interior que explica el presente, el fin que va llegando con noviembre, con la nostalgia que causa una enfermedad transmitida por el sexo. El propio autor detalla las claves en las notas finales (68); haciendo referencia a citas (en cursiva, a lo largo del poemario) de María Baranda, el ya mencionado Abigael Bohórquez, Robert Walser, Luis Armenta Malpica o Joaquín Hurtado, a quien le dedica Debe ser ya noviembre.
            El hecho de que el título marque obligación y no posibilidad (como ocurriría con la perífrasis «deber de» más infinitivo) transmite la seguridad del paso del tiempo, la frialdad de un juicio, de una realidad, finalmente contra el deseo; al tiempo que se decanta por la tradición italiana en lugar del octosílabo habitual castellano. Tales términos cernudianos se entrecruzan también en la reseña de Enzia Verduchi en el Periódico de poesía, titulada «La belleza y la pandemia»: «proyecta –con un acento personalísimo– el pulso del fin del siglo xx e inicio del xxi, que media entre la pasión por la belleza y la desolación de la pandemia del sida».

En tres partes («La sangre a sorbos», «Quince estaciones para otro Sebastián» y «Epílogo con zarabanda») se suceden la enfermedad, la ausencia y el canto. Figuras estadounidenses de la literatura o la televisión (Edmundo White o Rock Hudson) nos trasladan a un ambiente de reivindicación y vulnerabilidad ante lo incontrolable. Asimismo se alude a otros espacios como Catalunya (14) o, sobre todo, el País Vasco (18, 20, 29, 34, 37); concretamente a la ciudad de San Sebastián: referencia del personaje con el que dialoga el sujeto poético. ¿Qué tienen de diferente tales coordenadas? Que se sienten diferentes al resto. Ahora bien, no es un poema político (en años de máxima actividad para ETA); sino que los puntos a los que se alude (humanos o geográficos) sustentan la identidad que reivindica la obra de Aguilar, desde lo personal y lo sexual.

Pese a que la reivindicación del cuerpo y del placer no tiene aparentemente una ideología, una religión, las sentencias (casi aforismos) con los que acaban muchos de los poemas de este «manifiesto» (que no propuesta, recordemos la perífrasis) dibuja lo abstracto en tiempos de pandemias: «a diferencia de la fe, / una plaga es la anarquía más pura» (19).
La libertad que se defiende también se evidencia formalmente en la supresión de signos de puntuación y mayúsculas (en la primera parte). Pongamos por caso el endecasílabo al estilo bohorquiano con que concluye la estrofa inicial del poema «rafael»: «muchacho con rostro de muchacha / y cejas finas, / tú, el ni alto ni hermoso que rafael imaginó, / no tiene referencia de otros rostros» (30). Mediante el título de cada poema cuestiona la masculinidad (que veíamos con César Cañedo) tomando ahora como punto de partida al pintor y arquitecto renacentista o, sin desvincularse del arte, en el siguiente, con la escuela flamenca de «rubens» (32).
Otro de los logros, además de la relación con diversas disciplinas y referencias, es la ligazón de la forma con el fondo (que tradicionalmente se han entendido de manera independiente). Los últimos versos de «boccia» transmiten con el hipérbaton la claridad que el dominio de la sintaxis de Aguilar permite pese al quiebre de sintagmas teóricamente en desorden; en la práctica el verbo al final, en un presente que continúa: «infinitamente / translúcidos. // porque más transparente / nada es que estar muriendo» (39).
            El verso, como el condón, se rompe y (rasga) sangra. El vértigo, sin embargo, es sumamente erótico, otra vez al final; en este caso de «penicilina»: «que da el látex : / y el riesgo redivivo» (40). El erotismo da paso a postales, recuerdos y certezas en prosa. Esta es la que da título al libro, al final de la «última estación para otro Sebastián»: «Ahora debe ser ya noviembre porque recuerdo menos, pero sé que si Dios tiene dios, debes ser tú: alto y hermoso: el que apaga la luz para que yo me vaya» (61). La referencia a la divinidad nos ofrece pistas del significado que pueden tener las mayúsculas ante la ausencia. Ese vacío es la cesura del alejandrino final en dos heptasílabos.
            Por último, la zarabanda (como en Vicente Quirarte) resulta una composición musical que, sin abandonar la brevedad y el efectismo (en su más sana acepción), celebra la muerte y el dolor, la belleza ante la pandemia de la que hablaba Verduchi, por amor. No hay mejor forma de expresar la certidumbre de lo abstracto que es el sentimiento-enfermo con el que cierra Debe ser ya noviembre, el poema «última saeta» (con versos en cursiva de Joaquín Hurtado):

un enfermo ilumina,
con luz mortecina
pero luz al fin,
el espacio que la rodea:
                                               yo no
muero de sida. muero de algo más
profundo porque me da la gana

y mientras manufacturo coronas para muertos
y hablo con sebastián
y me hundo en la diarrea
y espero a que se me aparezca el diablo
y soplo en mi alma de cristal
y de los sueños me clavo sus astillas

                                                               muero de
qué-vergüenza-para-la-familia
y cierro a solas mi trámite en el mundo (67).

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